jueves, 24 de abril de 2025

PATOMATE

Cursaba el tercer grado de la secundaria e hizo su aparición un docente que con su estilo bastante exigente y de relación muy vertical con los alumnos, nos impartía el curso de Biología.  En determinada parte del curso nos encargó un trabajo de investigación, de lo que fuese, pero que sea de investigación y mantenga los parámetros de su estructura.

Para mí, un trabajo de investigación estaba relacionado con indagar el nombre y dirección de mi crush (término anacrónico) que los domingos desfilaba con su bandera por La calle Moquegua.  Así que ahora se viene lo bueno.

Con sinceridad no recuerdo mi trabajo de investigación, ni siquiera los temas que presuntivamente podría presentar; sin embargo, si aprobé el curso es porque presenté algo digno de calificar con lapicero azul.

Lo que sí recuerdo, es la investigación y la exposición de mi amigo Edwin Victor; estoy seguro que fue para nuestro tiempo y grado académico EXCELENTE, el profesor luego de las preguntas de rigor se deshizo en elogios y quedó muy satisfecho, reacción nada recurrente en él.

El día martes mientras alistaba mi salida del trabajo llegó al wasap un comunicado que indicaba el fallecimiento de un ingeniero, en mina, y con el nombre de mi amigo.  Reaccioné inicialmente con una negación asumiendo que era un homónimo y que Edwin Victor (como solía yo decirle) estaba pedaleando por algún lugar a su gusto, huí de todos los pensamientos que circulan cuando la noticia es verdad; luego de varios minutos y mientras caminaba a casa la razón volvió a mi y sabía que tenía que enfrentarlo y empezar a indagar para saber si es verdad aquella noticia que no quiero que sea verdad.

Edwin Victor mientras exponía cómo se injerta una planta de tomate con una de papa, para que arriba produzca tomates y bajo tierra papas, captó mi atención escurridiza e hizo que la pueda memorizar hasta el sol de hoy; yo me preguntaba: ¿De dónde sacó este tipo aquel dato? Yo permanecía en la repugnante y desdichada ignorancia de no saber ni el nombre de la abanderada y Edwin Victor ya podía iniciarse como agricultor de las grandes ligas.

He visto en varias ocasiones su nombre y foto en afiches donde se promociona un evento magno de capacitación minera, de gran impacto regional y mientras leía el panfleto siempre me decía con orgullo, ese de ahí es mi amigo.  Edwin fue un grande, lo supe desde que llegó a nuestra aula en tercero de secundaria, lo supe mientras yo lo molestaba al imitarlo cuando decía sus nombres, mientras él; imperturbable.  Hubiese sido genial gozarlo desde el inicio de la etapa escolar, tendría mucho más para hablar de él.

Aún mantengo necios rezagos de negar su violenta desaparición, lo que conocí de Edwin Victor fue de lo mejor y quizás ese será mi consuelo: Que conocí a Edwin Victor Colque Calizaya y era mi amigo y me llamaba los fines de año para reunirnos en su visita a la tierra que lo vio crecer. 

Lamento profundamente la partida de Edwin Colque, mi dolor con los deudos y los amigos que lo quisieron igual o más que yo.

martes, 22 de noviembre de 2022

El saco

Un capítulo del narrador de cuentos, contaba las correrías de un soldado que al retornar de la guerra recorría innumerables parajes donde ayudaba gente y sumaba amistades, además de coleccionar favores como deudas por cobrar.  Uno de aquellos amigos a quien ayudó le obsequió un saco, el cual tenía la propiedad de atrapar lo que el dueño quisiera.  Si quieres saber la historia completa, búscala en el YouTube.

Cuando era niño, papá solía viajar mucho y se ausentaba por largas temporadas y como era mi adoración, lo extrañaba muchísimo.  En alguna ocasión supo que enfermé, mamá logró enviarle una carta explicándole que el pequeño se está enfermando de tristeza.

Yo, en diversas ocasiones entraba a su habitación, la cual era mi refugio cuando se me apretaba el corazón por algún motivo y hablaba entre sollozos, y le contaba todo lo que lo extrañaba ¿Cuándo regresas? Preguntaba al aire, a su frazada entre mocos y lágrimas.  Pero en medio de mi desaliento hallé un modo de consolarme, sin buscarlo observé el saco negro de lanilla quizás, que siempre colgaba de un perchero, un poco empolvado y me acerqué, busqué en los bolsillos, acaricié el tejido y empecé a sentir el olor de mi padre, fuerte y tan propio de él y lo olía con desesperación, como si fuese a acabarse, como si mañana ya no estuviera.

De esta forma hallé - sin querer - el modo de darle consuelo a mi corazón de niño abatido y maltratado por la ausencia de mi padre: entrar a su bungaló y tocar y oler el saco.

Es cierto que este saco no era como el cuento del soldado, pero sí que me atrapaba y realmente me sentía aliviado o algo consolado.

Cuando papá me contó una historia referente al abandono, se me quedó grabado en la mente hasta hoy: ¿Cómo pueden abandonar a un niño?

Él me contó muchos años después que no entendía el impacto que causaba su alejamiento, y aunque debía trabajar, retornó y buscó la forma de conseguir trabajos con menor ingreso, sólo para estar más cerca de los hijitos.

He vuelto

Continuará.

martes, 17 de noviembre de 2015

¿Será final felíz?

¡La subí de copiloto! Recurrí al lugar de mis sospechas, me entrevisté con una anciana bastante mermada y con gran dificultad me oyó, con suma facilidad me despidió, sin lograr acabar con mi esperanza; subí con gran ánimo para dirigirme al sector del cual estaba seguro ella provenía, dudé en primera instancia cuando vi a algunas personas llegar a una casa y omití las preguntas, reinicié marcha y todo fue negativo, poca gente, poca información:

¡Quizás en aquella tienda algo me digan!
Señora, ayúdeme por favor: estoy buscando a los dueños de esta perrita la encontré en…

¡La conocían! La habían visto acompañando a una señora que con poca frecuencia compraba ahí, y luego aquella señora les había dado a conocer que le robaron a su perra.  Para mí el caso estaba casi resuelto, sólo había que dar con la dueña, a quien la tendera conocía, sólo por la apariencia, me dirigí a la zona sugerida pero no era su perra, luego asomé por una fiesta de niños y pensaban que Mila era una invitada, pero fue igual; no hubo respuesta, volví a la tienda casi vencido para dejar mi número y me llamasen.  Mientras yo preguntaba Mila se impacientaba, se alegraba, ella estaba diciéndome: ¡Ya no busques más, déjame aquí y yo encuentro mi casa! Yo le dije: imposible Mila, tengo que dejarte con tus dueños, tomé fuerzas y di media vuelta para seguir tocando puertas en aquella desolada urbanización, así conseguí otro dato que fue más reconfortante, un tipo desde el techo me vigilaba con recelo hasta que le pregunté y bajó con sus 5 perros, se conmovió con la historia y bastante incrédulo me observaba, zanjé la conversación y antes de la despedida me dio otra información:

Una señora de más abajo andaba buscando a su perra pero hace mucho tiempo, doblas la esquina hacia abajo y por la casa que parece iglesia.

¡Pero si yo la ví hace un rato! Ok, gracias.

Cuando llegué al lugar indicado, resultó ser la casa que apático miré, y con desdén abandoné; toqué bocina pero no salió ni la sobrina; los perros ladraban mientras yo giraba y al volver la vecina ahí estaba.  La señora reconoció a su perra y la abrazó, Mila me sorprendió y se comportó como jamás la había visto, se revolcó con sus amigos, los relamió, los mordió, estaba re feliz; me enteré que su nombre real es Maia, que tuvo hijitos y le fueron arrebatados y exterminados por una anterior y malograda dueña, que a partir de ahí fue adoptada por un hogar mejor del cual salió a pasear y el resto es la historia que ya saben.



Sólo Dios pudo permitir que yo sintiera tanta felicidad, estuve a punto de lagrimear de felicidad, porque supe del dolor que Mila sintió, fueron días difíciles en casa tratando que se adapte, suponiendo sus reacciones, especulando quiénes serían sus dueños, fueron circunstancias complicadas porque la acompañé y ayudé en su dolor; y aquel domingo volvió a casa, con los suyos y si menciono a Dios, es porque Él me bendijo con este a veces terco corazón amante de los animales, así dice su palabra:

El justo sabe que sus animales sienten,
pero el malvado nada entiende de compasión.
Proverbios 12:10




Alguien me dijo que humanizo a los perros, pero yo no lo hago; Los humanos son malos y los perros no, Los humanos son desleales, ruines, traidores, miserables, corruptos, deshonestos; los perros son todo lo contrario.  Duro castigo sería humanizar a un perro; ya lo dije antes: Habría uno que ser perro para entender qué significa lealtad.

Dios los bendiga amigos.
Seguimos pronto

lunes, 16 de noviembre de 2015

Mila

Hace poco menos de dos meses transitaba como de costumbre por las vías de mi querida Samegua, iba de urgencia con varios asuntos pendientes que no daban lugar a dudas en cuanto a regalar el tiempo en quehaceres improductivos; pero hay otros que son ni productivos, mucho menos improductivos; eso sí, son reconfortantes, son animosos, fortalecedores, alientan, exhortan, consuelan, estimulan y mil cosas más.

Mientras el reloj casi cerraba la jornada laboral bajaba por la Av. Andrés A. Caceres por el sector de la subida al colegio Santa Fortunata y observé el escenario que no me gusta observar; un can afligido, asustado, adolorido, rengo, enfermo y con un aspecto fatal pedía auxilio con la mirada a los escasos transeúntes, buscaba una mirada de consuelo o condolencia para consigo, quizás en algún auto particular, en una combi, ¡O mejor! que sus dueños pasaran y la salvaran.  Nunca sufrí un accidente automovilístico, no sé qué se siente, ella si lo sabía, lo acababa de sufrir y se arrastraba por un destino mejor, por evitar la muerte, por evitar que algún automovilista despistado o descuidado la remate, o alguno se apiade y la retire de ese camino que sólo la llevaba a su calvario y la muerte.

Sólo dos segundos, realmente dos segundos me tomó renunciar a todo lo planeado y así frenar y poner retro para recoger a ese ser viviente que sufría.  Hice un par de llamadas y separé cama y médico, al llegar al centro médico la Dra. dijo que tenía un severo golpe en la cadera y tenía muy comprometida la columna, que quizás no volvería a usar sus patas traseras, todo pronóstico era negativo, tenía una tremenda herida en la frente producto de su impacto con el asfalto, era penosa su situación y su recuperación sólo dependía de ella y sobretodo del altísimo.


Como habrán podido ver en mi muro de Facebook, ella logró recuperarse y caminar con cierta dificultad pero contra todo pronóstico pudo caminar y desenvolverse.  Antes de salir de su internamiento anduve buscando a sus dueños durante dos días, bajo el sol, tocando puertas de casas fantasmales, cuyos dueños no aparecen mas que al mes, preguntando hasta a los perros callejeros si la habían visto, caminando con niños aventureros que se compraron mi pleito en busca del dueño.… y nada.  Hace casi un mes desistí del cometido de buscar a los dueños y también resigné la adopción, reconocí que a la gente le gusta pagar para conseguir amigos, sobretodo de los leales y fieles hasta la muerte.  Y mientras tanto la cuenta de la clínica seguía subiendo y no me quedó remedio: Mi casa.  

Lloraba de día y de noche, no comía galletas, ni la más costosa; no comía comida de casa, su aspecto me decía que iba en camino a la anorexia y era preocupante, todo me hacía pensar que no quería vivir, de pronto empezó a comer, a dejar de llorar, a buscarnos por todas partes, a recostarse a los pies, y hacer lo que haces cuando quieres entrar a la collera, ser parte del grupo, que te acepten.  Eso sí que me alegraba y en sobremanera, era muy obediente, increíblemente obediente, podía entender una mirada de disconformidad e irse a su lugar, podía interpretar un gesto de rechazo por alguna conducta o reacción e irse, sin antes volver la mirada para ver si había sido perdonada; toda orden era recibida y acatada, lo entendía todo, ¡Increíble sus capacidades!

Mila, como fue bautizada, volvió a mostrar falta de apetito y mi madre – de gran labor, todo lo que tiene que ver con comida lo hizo ella – se quejó conmigo y no me quedó remedio: Domingo 16 de noviembre por la tarde, salí nuevamente a buscar a sus dueños.

Lo mejor viene luego…


miércoles, 4 de noviembre de 2015

El soñador

¿Una flor por los hogares campesinos?

Era la única pista que tenía para encontrarla, el estribillo durante el transcurso de una canción, ¿Su voz? Si, su voz; pero en aquel tiempo no había internet a disposición como hoy, que puedes saber la vida entera de una persona tan sólo con saber su nombre, o tener un cómplice de facebook – sobre todo de aquellos que no se protegen –  ; así que, me quedé con la duda durante varios años.

La aparición de la telaraña web, y que la plebeyada pueda tener acceso mejoró varias cosas, entre ellas aclarar y repasar dudas, buscar respuestas a interrogantes almacenadas en un disco duro situado en el cerebro.  Pero todo en orden de lista, primero el correo electrónico, las salas de chat, las fotos de los artistas, los juegos en red, las descargas, el software, los reportes, los pdf, los libros, las jugadas o skills de algún futbolista, entre muchas otras cosas.  Y claro: ¿Una flor por los hogares campesinos?

Cuando le tocó el turno al rostro y voz sin nombre me froté las manos e hice lo siguiente: “Dejame entrar+carlos vives+protagonistas”, Uno de los resultados: Carlos Vives graba video con su esposa Claudia Elena Vasquez, mi gesto fue: :(

Ahí terminó mi búsqueda, al menos por un buen rato; mientras me reponía de tremendo golpe a mi insensato corazón, engañoso e iluso; reemprendí la búsqueda para saber más de la vendedora de flores que le quitó el aliento al tarado de Carlos Vives en el video y a mi también.  Fue Miss Colombia en 1996 y una vez más el plebeyo quedó como palo de gallinero, pero quedé soñando al haberla encontrado, saber su nombre y algunas cosas más; imaginando que podría dejar al tarado y venirse a Samegua ¡Pero qué bonita mujer! ¡Y qué tarado soy yo! Mejor soñaré que por un milagro amanecería con una voz prodigiosa y terminaría desplazando del primer lugar de los vallenatos al mujeriego Vives ¡No! Ese motivo estaba mejor, el tarado era un mujeriego empedernido y me dediqué a buscar todos los defectos posibles y argumentos para que Claudia abandone a Carlos Vives, hasta que se terminó mi hora y se esfumaron los sueños.

Claudia Elena Vasquez sigue siendo bella, una reina, del tipo no sé nada más que la buena música que toca y… ¡Que suerrrrrte tiene este infeliz!

martes, 30 de junio de 2015

El partido que no acaba

El suceso acaecido el día de ayer, donde la Selección Peruana de fútbol cayó ante su similar de Chile por 2-1, ha conmocionado a cuanto poblador peruano haya llegado la información, desde las previas que se jugaron sabiendo del rival sureño, hasta un día después y seguirá la conmoción cada que se recuerde.  Es un hecho histórico dentro del tumulto futbolero, popular, clase mediero o pituco, sin olvidar a los nuevos ricos.  Pero se podía perder contra Uruguay y su concierto de patadas y codazos; hasta con Venezuela y Bolivia la pena sería menor, una raya más al tigre o contabilizarla como una actuación triste, paupérrima, pobre, hasta indigente a la que estamos acostumbrados los peruanos, sobre todo los de mi generación – papá llegó a ver al gran rodillo negro aliancista con la blanquirroja enfundada en sus ocsuros cuerpos –; lo de ayer no me ha causado bronca o aversión contra Chilenos, árbitros, la FIFA, la CONMEBOL, Burga o el presidente de mi Liga Distrital de Fútbol; para nada.  Si me ha dado mucha pena porque hoy he sentido como si fuese un día de luto y con tristeza hice mis quehaceres, siempre pensando en mi Perú.

Afortunadamente mi subconsciente me dice que es un partido y que Perú sería un digno finalista, que la vertiginosa selección Chilena – la mejor de todos los tiempos según Ivan Zamorano y mi viejo – ante la peruana no resultó mas que un pokemon descargado y melancólico, una esfera del dragón de Azángaro o una camiseta del Chelsea de la Ali Baba.

Mi concepción es simple: Si Perú se mantenía con once, le ganábamos a Chile; ya habíamos conseguido ponerlos contra las cuerdas mientras estuvo Zambrano en el campo.  Todos pensaban igual, a Chile le ganamos, también lo interpretó así Chile, así que se resguardó y frenó su impulso de ser el vendaval del partido contra Uruguay y tomó precauciones.

La desventura nacional llegó luego del minuto 20 y con eso el hincha buscando que culpar lo que sea, es completamente entendible en el hincha; pero rebuscando en el internet me topé con comentarios de hombres de fútbol, peruanos y extranjeros, periodistas y reconocidos futbolistas; que responsabilizan al árbitro de nuestra desventura y aún hasta hoy, dolor.  Yo estoy convencido que este hecho es debido al “antisemitismo” o animadversión que hay en Sudamérica contra en chileno y emparentado con el fútbol.  Creo que los torneos están bastante manoseados, y para creer con mucha más razón nos basta leer un poco las noticias acerca de la FIFA.  Si lo que hizo Jara a Cavani lo hacía un argentino o peruano, no resultaba en el escándalo ya conocido.



Argote si cometió errores, pero la pierna de Zambrano no la iba a recoger el mismo árbitro, menos ante Chile, en una semifinal y en su casa, así que: roja directa y a llorar.  Y debo recordar a mis amigos que a Chile le anularon un gol legítimo, hecho que provocó el aplauso de Sampaoli.  Zambrano y su irracionabilidad, vehemencia y descontrol nos privaron de un posible gran triunfo y una final de Copa América.  Para eso voy a recordar un partido de eliminatorias jugado en Lima contra Uruguay, donde iniciaba el segundo tiempo y Perú perdía 0-1 con gol de Recoba.  Juan Reynoso tuvo que descansar, no recuerdo el motivo y Perú tenía que ganar, ante la ausencia de tan elegante central, tuvo que asumir la defensa del suelo patrio, el muy corajudo Jose Soto – ambos aliancistas –, jugar contra el árbitro y su pérfida terna, contra la conocida patada alevosa charrúa y su más conspicuo representante; quien era Daniel Fonseca, el conejo era el más sucio de todos los uruguayos y en un enfrentamiento se puso a un centímetro del audaz y reflexivo Pepe Soto y le gritó(los cariños y palabras que salen de la boca de una novicia) con la furia de un picón que va perdiendo, barruntando quizás que lo iba a provocar y hacer expulsar.  Jamás cayó en provocaciones y mientras lo gritaba giró su mirada hacia el piso y otros destinos; yo lo sabía.  Seguro se decía: este partido lo tengo que ganar.  Perú le dio vuelta al encuentro y ganamos 2-1 con un “Chorrigolazo”, de esa forma pudimos mantenernos en carrera hasta el final de la eliminatoria para el mundial de Francia 98, al que no fuimos por diferencia de goles.

Perú fue superior a Chile hasta con 10 hombres, Perú fue mejor que Chile hombre por hombre, los pasamos por encima literalmente porque en el juego aéreo les ganamos casi siempre, Si Zambrano me privó de ver a la pesadilla del colombiano Juan Cuadrado (Cristian Cueva) contra Chile, pude ver a Advíncula en su mejor aparición hasta hoy, convertirse en el rayo chispeante, y que mi padre traiga el nombre de Muñante del recuerdo y lo actualice hoy, un 29 de Junio de 2015.  No puedo evitar cerrar esta larga nota sin nombrar a Paolo Guerrero, excepcional delantero, un privilegiado con la pelota; no he podido ver en este torneo un delantero que solo en la delantera, ponga en ridículo a una defensa chilena completa, encabezada por “Norman Cáceres” Medel.  ¡Que tremendo jugador!  Seguro no hemos ganado nada aún, pero podré decir a mis hijos, como lo hace el viejo con nosotros llamando a Muñante y otros: Yo vi a Paolo Guerrero.

Hoy ya no deposito, mi antes famélica, hoy fortalecida esperanza sólo en Guerrero; hoy han emergido otros en quienes pensar a la hora de ver un partido de la selección en el televisor.

viernes, 13 de febrero de 2015

Autorización para cirugía

Entrada la secundaria, había algo que no me dejaba, era persistente y negaba a irse.  Yo le rogaba hasta en sueños que se fuera y me dejara, pero necio y vano mi sueño; permanecía ella.  Mis compañeros de secundaria, novatos como yo, mostraban cambios en el aspecto físico; la mayoría dejaba la pinta de niño bueno y peinado con raya al lado para ceder paso al aspecto con el que todo niño sueña, ser grande.

Es precisamente esto lo que no me dejaba: La talla.  Mientras la traza, porte y apariencia de la mayoría iba camino a encontrarse con la de un hombre, la mía parecía permanecer y amenazaba quedarse así y bien sabido es que cuando pequeños, la paciencia es un don inexistente (ya vas a crecer… ¡Mentira!)  Si bien es cierto que la primaria estuvo plagada de conflictos y pleitos, líos y contiendas por ser blanquito, la pasaba recontra bien porque no arrugué jamás, ni con mi gran amigo Felix que me doblaba el tamaño y siempre me zurraba.  Pero la secundaria ya era otro reto, uno mayor, y como posteé anteriormente acerca del debut en la secundaria con protagonistas como Minino y el Prof. Paquera, también tuve mis pequeños triunfos a pesar del escaso tamaño mío.

A unas semanas de haber cumplido con el debut en la secundaria, ya de turno mañana; hizo su debut muy a destiempo un nuevo inquilino de nuestra aula.  Angulo; de él sólo recuerdo el apellido y que de saque (inicio) me cayó mal, remal.  Su apariencia de niño bueno y peinado con raya al lado era perturbadora, una cosa era el peinado, otra era el rostro; no iban de la mano, no encajaban, sus modales forzados como de counter de Banco – “Que tenga un hermoso día señor” – eran irritantes, pero lo que me generaba sarnas y sarpullidos era que el forzado Angulo era muy desenvuelto; sí, al parecer sus modales de manual a otros si les gustaba.

Todo su carácter e irritante personalidad no eran causal para aniquilarlo; mis argumentos eran recursos insuficientes; así que de saque (inicio) entendí que mi caso contra Angulo sería archivado.
  
Sería archivado Sí y sólo si: Angulo no se metía conmigo.  

Poco a poco Angulo se hacía dueño de los círculos de amigos, con todos los grupos se reunía; los estudiosos (nerds), los vagos, los palomillas, los discriminados y ni qué decir con las chicas; puedo decir con jactancia que en mi salón siempre nos acompañaron las chicas más lindas del colegio, ya sea en primaria o secundaria; así que ya entenderán el placer que me causaba ir al colegio.  Pero lo que Angulo hacía representaba lo que significó el fujimorismo en sus tiempos, Angulo era montesinista, a todos los tenía consigo, con todos estaba bien, todos acudían a la convocatoria de Angulo; al menos esa era mi apreciación.  

Para mí no era un gran problema que Angulo hiciera todo lo que hacía, hasta que… te conocí ¡Nó! Hasta que un día me acerqué muy temprano antes de la formación a mi grupo de siempre, los palomillas; y Angulo para variar les hablaba seguro una idea trasnochada, algo que había tramado para engañar nuevamente.  Mi llegada al grupo fue con una pregunta: ¿Qué hay? Nadie respondió, sólo uno; Sí, fue Angulo, que se puso a mirar el cielo y silbar para denotar que yo no era bienvenido, ni mi pregunta, ni mi presencia y que estaba sobrando ¿Quién era él para echarme de mi grupo, con su truquito de serie de televisión? Lo peor es que el resto de palomillas no dijo nada y asumí mi derrota; ordené a mis piernas la retirada y con la derrota a cuestas me admiraba ¡Qué acaba de pasar!

La mirada al cielo y la silbada se repitieron varias veces; Angulo me estaba hastiando, su peinado me estaba enfermando, su mote me estaba trastornando; cada vez aparecían más razones para reabrir el caso contra Angulo y su peinado lamido de vaca.  Yo creo que el sentimiento para con Angulo era recíproco.  Pero como nunca fui abusivo, ni prepotente, ni maloso; no encontraba justificación para zurrar a Angulo y su silbido.

Luego de varios días, quizás semanas o meses; hizo su arribo a casa mi papá, y la alegría de verlo y saber de sus historias me hicieron olvidar de mi pesadilla escolar.  Pero el caso era repetitivo y supe quién me daría el consejo perfecto para encontrar un recurso fulminante contra Angulo.

Una tarde, en la que no había Tv, electricidad, celular, menos internet o Smartphone; encontré al viejo en su cuarto reposando previo a la cena y se produjo el siguiente diálogo:


  • (N)Papá, en el colegio hay un pata que me hace la vida imposible(relato anterior)
  • (P)Pero eso no es problema pues hijo, ya se le va a acabar las ganas, ignóralo
  • (N)Pero papá, es que cuando llego a algún grupo el pata se pone a silbar y se la da del men, el machito
  • (N)Además lo hace todo el tiempo y ya no lo aguanto
  • (P)Ya hijo, ¿Con qué silba el pata ese?
  • (N)Con la boca pe papá
  • (P)¡Conéctale un recto en la trompa y ya está pe carajo!


Yo no era abusivo pero Angulo se lo había buscado, fui a ver a mi gurú y me dio la respuesta a mi mal; tan fácil no podía ser; estaba recontra alegre, la solución vino justo de quien tenía temor defraudar por algún diente caído, un ojo reventado, una nariz rota; siempre mi principal preocupación era: La dirección, el pelao director; mi padre y yo.  Pero ¡Milagro! El temor se había ido y a Angulo le quedaban horas, con pronóstico reservado.

Un Jueves (día siguiente de mi cita con el gurú) tocaba educación física, y dormí pensando en mi puño contra su trompa, soñé que caminaba y que silbaba y luego lloriqueaba; desperté pensando en mi puño y su trompa, salí de casa rumbo al colegio pesando en mi puño y su trompa; no había espacio para más en mi joven mente.  Dio las 10:00 am, educación física; durante la clase no pasó nada – yo guardaba respeto y admiración por mi profesor – pero cuando terminó la clase vi a Angulo con un grupo haciendo lo mismo de siempre: fanfarronear, vanagloriarse, él era figurón; Así que me acerqué con la felicidad de estar cerca a cumplir mi sueño y dije: ¿Qué hay? Angulo empezó a silbar y mirar al cielo, mientras tanto mi mano pegada al short se iba empuñando, mi hombro derecho se iba poco a poco para atrás – el golpe sale desde la espalda hijo – , y de esta manera mi brazo salió raudo de su lugar, empujando el misil de mi puño para estrellarse contra la trompa de Angulo el pedante infractor de mi tranquilidad escolar.  Su trompa quedó reventada y seguro dejó de silbar más por el temor que por la herida.

Así como llegó, se fue; de pronto dejó de venir y luego nos enteramos que su papá era militar y lo habían cambiado.

Caso archivado.




domingo, 15 de junio de 2014

El Jovenzuelo y las camisetas

Transcurría el año mil novecientos ochenta y no recuerdo que más, era yo niño aún, quizá 8 o 9 años; lo que si recuerdo, es que una mañana dominguera, golpe de ocho sonó la puerta y abrí, era un jovenzuelo medio palomilla y pelotero, así lo veía yo; era el delegado de un equipo de barrio y tenía un tablero con hojas en las manos.  Me preguntó si quería jugar para el mejor equipo de aquellos tiempos, el Olimpia.  Este equipo tenía equipos en todas las categorías, en todas las disciplinas ofertadas en los campeonatos organizados por la Municipalidad, aquellos tiempos sí había capacidad de gestión y hermandad, la rivalidad sólo se evidenciaba en el campo de juego; tiempos geniales.  Mi respuesta fue inmediata, ¡Sí! Dije, y se llenaron los formularios para mi realizar mi contrato y posterior firma.  Yo jugaría en los calichines del Olimpia, era el capitán y luego de algunas fechas y partidos, resultamos campeones, se programó la clausura del evento con entrega de trofeos, premios (uniformes), reconocimientos (diplomas), menciones honrosas, bromas y comida; todo enmarcado en la camaradería y la fraternidad.

A los calichines el delegado nos dijo: “deben estar a las 9 de la mañana para la clausura, ahí les daremos sus camisetas”.

Puntuales aparecimos, e hicimos la formación obligatoria desde las nueve de la mañana; lo que no hubo en aquel tiempo fue coordinación y puntualidad, y la ceremonia de clausura empezó a las 3 de la tarde, lo único que nos mantenía parados en la desgraciada clausura eran las camisetas que nos prometieron.

Cuando la ceremonia concluyó, yo sospechaba que sería víctima de una estafa, la tarde fallecía y el ocaso hacía su aparición pintando todo color mandarina; me acerqué al delegado y le pregunté por las camisetas que nos prometió y se la pasó dando evasivas, la noche llegó y las evasivas eran frecuentes.  Ya dado mi cansancio y hambre, el susto por lo que esperaba en casa, decidí volver, con un nudo en la garganta que terminó reventando al llegar a casa, mi llanto inconsolable e imparable no me dejaba, mi madre lo supo y se indignó, luego mi padre lo supo y peor.  Ahora viene lo mejor.

¡Ahhhhh No! ¡Esto no se queda así! Salió de casa ya de noche y yo no dejaba de llorar, de contarle a mi vieja linda lo que había ocurrido, la estafa de la que habíamos sido víctimas, la exigencia para que permaneciéramos ahí, la promesa de las camisetas, el premio nos correspondía por ser campeones; el llanto de impotencia por la injusticia y el honor mancillado.  A mí no me importaba que ocurriría con el delegado, lo que sí sabía es que mi viejo cobraría y bien el agravio, que en cuanto retornase, mi llanto estaría vengado y no habría porqué llorar más, incluso suponía que traería todas las camisetas del equipo y las podríamos repartir con los calichines del Olimpia.  Un sinfín de conjeturas tejía, todas se despejaron cuando volvió y calmado conversó con mi mamá.

Yo no sé qué hizo, tampoco se lo pregunté alguna vez, pero si sé que antes de El Hombre de la Atlántida, de Increíble Hulk (Lou Ferrigno), Matt Houston y una serie de personajes; estaba mi papá, el sí era un héroe de verdad, él era un capo y supo hacer lo que todo padre debe, ganarse el respeto y admiración de sus hijos.

Deseo que hayan pasado un día fenómeno amigos padres, les deseo lo mejor.

Dios los bendiga.
Seguimos pronto.



lunes, 10 de marzo de 2014

El Chico encontró su casa.

Como en la parábola del buen samaritano; apareció postrado y lloroso, accidentado y adolorido, la esperanza y el buen trato no era algo que veía venir, era casi imposible que lo ayudasen, incluso pensando que sus amos pasaron una y otra vez, y no lo auxiliaron, la gente sólo atinaba a decir seguramente: “pobrecito”.  ¡Qué difícil situación!, verte en tremenda dificultad y que nadie se apiade de ti.

A Chico da Silva − nombre con el que se le bautizó por su tamaño – se le pudo ayudar luego de aproximadamente 8 horas, según los testimonios recogidos, tres días atrás había estado por la avenida, por el sector del cuartel; otro testimonio dio cuenta que lo oyó llorar y quejarse en las noches por sus llagas, sus lesiones, su invalidez y las noches frías de agosto seguramente, hasta que pudo ponerse visible y gracias a Dios; ser socorrido luego de quizás... cuatro a cinco días.

Chico fue socorrido, atendido, se le dio tratamiento, cobijo, medicina, comida, agua y sobretodo mucho afecto, así nos recuperamos todos.  Luego de dos meses de absoluto cuidado fue dado en adopción a una familia muy notable y distinguida, quienes ya lo habían pedido.  Así que se tejió el plan de traslado y una mañana dominguera, a su nuevo amo fue entregado.

Con decir que a Chico lo trataron como a un caballero de la mesa redonda resulta absurdo.  Para empezar se sumaba a otros 6 caballeros guardianes de buena casta y como habitantes de un fundo, guerreros como un espartano; los espartanos no lo recibieron bien por el conocido celo que guardan los canes cuando llega un extraño, pero Chico ni se inmutó, estaba más tranquilo que Alan ante la Megacomisión, casi se burlaba; hasta que roncó como nunca lo oí durante los dos meses que lo tuve.  Para mí fue suficiente, para los espartanos no lo sé; realmente me llenó de orgullo tal vozarrón.

A Chico lo separaron para evitar pleitos y disputas que podrían terminar en un hecho de sangre, vivió muy acomodado y comiendo distinto al resto, lo mejor de lo mejor, con atenciones y cuidados que seguramente un espartano no gozaría.  Vivió a cuerpo de rey.

Con el correr de los días Chico terminó haciéndose dueño del fundo, roncaba a todos y sus ladridos retumbaban las paredes de la casa, no caminaba con la manada, pedía comida distinta, cama distinta y hasta empezó a escaparse y las quejas empezaron a llegar.  “Norben: el Chico se escapa y viene cuando quiere”; hasta que llegó una que me preocupó; “Chico no vino a dormir”. Chico ya no volvió luego de esa queja.

Una tarde, la dama distinguida, dueña del fundo caminaba por las calles de Samegua y lo divisó durmiendo en la vereda de una vivienda.  Lo llamó y Chico se reincorporó, se mostró muy feliz y muy agradecido, no dejaba de dar brincos y mostrar su alegría para quien lo había recibido y atendido.  Una vez enterado de su paradero, me aproximé al domicilio para explicar lo ocurrido con Chico y toda su peripecia, − creo que podría concursar con Ulises y su Odisea – cuando chico me vio desde el techo donde se encontraba, bajó raudo, llamé a la puerta y una señorita amable me atendió, − Chico cuyo nombre original era Bolo − al ver que Chico salía decidido y entusiasta se atemorizó, pero mi tranquilidad la hizo sospechar, hasta que el buen perro se lanzó sobre mí y no dejaba de mostrar evidentes muestras de felicidad y gratitud.  La señorita supo así, quién era yo.

Dejé muy claro que mi intención no era cobrar ni pedir retribuciones por los cuidados, tan sólo que sepan lo que pasó su mascota, pero esto si me asombró.  Si mi perro vuelve luego de tres meses a casa, casi me pongo como él, pero a ellos al parecer no les importaba y tampoco a Chico, para Chico, eran sus amos y nadie más.  Chico dormía en el techo o en la vereda de las calle, la dueña se quejó de los pelos que botaba y si lo primero que me da es una queja, el resto no quiero saber.


Creo con firmeza, desilusión y decepción que habría de ser uno perro para entender el concepto de lealtad, compromiso y amor fraternal que Chico o Bolo mostró a esta familia que de todo ello estoy seguro saben poco.  A mí no deja de mostrármelo, cada vez que lo encuentro por la calle, se asegura de acompañarme, porque nada debe pasarme; un espartano como él, no descuida a un miembro de su cuartel.

Dios los Bendiga amigos
Seguimos pronto

miércoles, 12 de febrero de 2014

El viejo y el mar, y el novato

Al mar hay que respetarlo, eeeeesta gente no sabe pe, qué va a saber, no han visto una ola de 300 metros, estas “olitas”, si hasta con eso se asustanAlgo fatigado por la caminata llego a mi destino; suelto la mochila, la bolsa y lo preparo todo.  El cordel, los anzuelos, la araña, la carnada colgada en la correa ¿y unas ganas de picar algo?  Lanzo el cordel con tres anzuelos, y a esperar nomás.  Me han malograo el día estos norteños que han dejao su línea anclada, son ¡viiiiivos! pe, pa’ que no lance aquí, si no mi línea se enreda con ese cordel grueso, es que ayer un weón ha sacao un sargo asisote(gesto con las manos) y eeeestos pe lo han visto, por eso han anclao su cordel aquí.  Pucha no agarra oe, que voy hacer, los han espantao, ¡aquí no hay nada caraj!, pero ya estoy acá, mejor lanzo de nuevo.  ¡Ya era hora caraj!  Algo ha picao, jala, jala, jala oe(se dice así mismo) pucha, ta que bien oe, este ta regular nomás y casi me voy, mira pe, tengo que lanzar al toque nomás; ¡es una caballa!; sí,  al toque debo lanzar otro. – al rato − Pucha creo que este estaba de visita nomás, no pica nada; ¿Quién será ese que viene allá? Debe ser uno de los norteños que han dejao su hilo, mejor recojo pa no pelearme.
 
Una sombra lejana mezclada con la brisa gruesa y tupida aparece en el firmamento de la playa, el candor de la arena la hace flamear y parecer un espejismo; la franja costera ofrece la sombra de un individuo asomando a los lejos, una silueta amenazante a la tranquila jornada del cordelero.

Le haré una seña amistosa pa probarlo y trabajarlo, ¿vas a cordelear? (seña con las manos), de lo que sí estoy seguro es que no es de los norteños que se han afincado en la playa, tiene pinta de buena gente, ¡pero si es un muchacho nomás! ¡Hola como estás!, ¿vas a cordelear? – ¡Si!  (responde fuerte el visitante) – ¿y has traído carnada? – Solo esto – ¿sólo con ese muymuy?, pero aquí abajito hay, buscas nomas.  Parece nuevo este pata oe, me digo.  ¿A ver qué has traído?, esa mochila no es de cordelero, eeeeste pata es nuevo oe me digo nuevamente, o qué diablos hará acá.  Aguanta, tienes buen cordel oe, este es de 70, con sacavueltas, puuucha pero ese anzuelo ‘ta malo oe, no es bueno pe, − aquí tengo otros jefe, son más chicos eso sí, y ya están armados – aaaasu oe, ese si ta buenazo, eeeeste es tipo español, buen gancho tiene, con esto si pica hasta sargo; ya, ya, ya, prepáralo y lanza, − Señor, soy novato, novataso y estoy probando – lo sabía, se notaba(me digo), ya pe, así vas a lanzar; esssssta araña ta buenaza oe, pesa; yo con piedra nomás, mientras pese es mejor.  Hazte pa’ tras, más lejitos, más, más.  Giras, giras y giras… y lanzas, ¿ves?, lejos ha entrao, ahora tienes que tener así el hilo, en el dedo pa’ sentir cuando muerde, al toque jalas pa engancharlo al desgraciao, luego jalas rapidito, no le des tiempo de acomodarse.  Ya, párate por esa peña y echa por allá.

Este pata no va a pescar nada así, además no hay nada… mejor nos vamos pal otro lao, le diré.  ¡Oe, aca no hay nada, recoge nomás, no hay nada, estos pe la han cagao todo, ¿mira ve? No dejan pe, eeeestos lo han malograo todo con su cordel, siempre ponen así, el weón que ayer sacó el sargo grandazo lo ha debido guardar calladito, mira allá, esas chozas, ¿ya ves? mira esas mantas, acá vienen en la noche, no son de acá, son norteños y sólo vienen a dormir y en la noche también pescan.

El Mar
Al mar hay que respetarlo, mira como tiene fuerza, con toda esa fuerza ha lavao estos cerros, mira esta arena son pedazos de roca y conchas que el mar lo ha molido, fueeeerte es pe; tremendas rocas mira como las ha tumbao, antes el mar estaba hasta aqueeeellos cerros de allá, hasta Tacna estaba el mar, hasta el Cerro Baúl estaba el mar, ¿conoces el Cerro Baúl?... yo era chacarero; mi hermano si era pescador y del mar yo no sabía nada.  Mi viejo era pescador de red pe, eeese viejo si sabía.  Hasta que me vine del tambo pa’ acá y aprendí y ahora lo respeto al mar, mi viejo me contaba pe que la gente hasta se moría cuando veían las olas de 300 metros, se asustaban ¡y pa atrás se iban!, ¡de verdad! Eeestas olitas pe, ¿qué son? Y cuando entran al mar se asustan porque se mueve un poco más, cuando se pica el mar ¿Cómo sabe que he entrao? Se dicen oe, el mar tiene ojos, ¡haaartos ojos! ¿Mira ve? Desde adentro te está mirando, sabe pe, sólo le falta hablar, la gente cojuda no sabe que el mar los mira y que vive, ¡tiene vida! Mira pe cuantos ojos, ven, ven, acércate pa’ que veas, mira cuántos ojos.  Por eso al mar hay que respetarlo, hay que temerle, siempre hay que estar viéndolo, no le des la espalda, mira ese weón con su perro, ni lo mira; se confía este.
¡Señora al mar hay que respetarlo! −¿Perdón? − Al mar hay que respetarlo, siempre hay que tener cuidado.

..... 


Luego de hacer un par de gestiones en Ilo, tengo la tarde libre y enrumbo a la playa, verano es verano; reemplazo el peloteo, el sudor descomunal, la deshidratación, el esfuerzo físico de correr tras una pelota; por ir a probar mis cordeles, uno de ellos me lo preparó y obsequió mi amigo Don René, así que ese lo tendré en reserva.  Tras dejar el carro en resguardo – espero que así sea – emprendo la caminata hacia donde la vista no alcanza, donde tu mirada se pierde o confunde junto al volar de la aves, ¡ahí voy a ir! Dejo atrás a familias, niños, raquetas, pelotas de todo tamaño, color y sabor, parejas y hasta tramposos que por ser martes y tener una vasta extensión de playa no habitada, pasean como si fuesen los intérpretes de La Laguna Azul, soy una tumba, no diré nada.  Cuando llego luego de varios minutos de camino veo a la distancia la silueta de un cordelero al borde de la peña, ojala no sea hostil o piense lo mismo de mí, y espero sacarle algo de provecho e información.

Su apariencia estrafalaria me pone dubitativo por unos segundos, porque ciertamente parece algo loco; pantalón de dril azul de aquellos que dan en la mina, “lleno de remiendos y ni una puntada”, la pretina repotenciada por una pretina de jean; una amplia y vigorosa correa que sostiene algunos pertrechos de cordelero, una casaca cortaviento que no sé qué corta porque está rasgada; gafas de operador de maquinaria más rayadas que la mesa de un zapatero; pero su sombrero si me gusta, aunque viejo… me gusta.  Me hace una seña con las manos indicándome si voy a cordelear y le respondo que sí con un movimiento de cabeza, me acerco y se muestra como si me conociese de toda la vida, me saluda y le respondo con la misma y más calidez, me comenta de unos norteños que no tienen casa en Ilo y durante el día se recursean en el puerto, pero dejan gruesas líneas(cordeles) ancladas o amarradas al cerro con un señuelo de plástico y se pierde en el mar y que indica que ahí está su hilo y es mejor no pescar; ellos vienen a las 5 de la tarde y terminan su jornada aquí, sus chozas se ven a la distancia, como madrigueras hechas de palos viejos, cubiertas con telas parchadas, que les sirve de tienda de campaña.  Me pide que le muestre lo que traigo y saco el cordel que compré hace un año, uno número 50, pero está piezado en el extremo con uno número 70, muestra respeto y admiración por el sacavueltas que le instaló mi amigo Don René, pero respeto como admiración se vienen abajo cuando ve los anzuelos, su escaza calidad lo hace dudar de mi experiencia y le digo que tengo otros anzuelos para poner; cuando le muestro los anzuelos, el respeto y admiración se reincorporan de la peña donde yacían. 

Cuando le indico que soy nuevo en esto se muestra muy llano a darme las pautas necesarias y sí que sabe el viejo, debe tener unos 65 a 70 me digo, me enseña a preparar la araña y cómo lanzar el cordel bien lejos; a sostener el hilo y esperar que algo pique, cómo jalar el cordel cuando haya mordido algo, así que listo y presto recibo el cordel ya a la espera de mi primer pez.

Al cabo de un par de horas me avisa desde unos metros con señales que no hay nada, que debemos recoger y buscar un nuevo lugar al otro extremo, así que obedezco y recogemos las cosas.  Mientras avanzamos empieza a hablarme del mar, de los norteños que lo han malogrado todo con sus hilos y que no dejan pescar nada, que ayer un pata pescó un “sargaso” y tiró pana, lo vieron y se aseguraron la zona, por eso los cordeles, debió haberlo guardado calladito, le digo − ¡si pe oe!  − me contesta, me comenta de la ola de 300 metros que antes había, que la gente se moría al verla; desde aquí ya tengo la presunción que el tío está loco.  Expresa una admiración y respeto desmesurado por el mar y sus atributos, por la olas, por su voz, el cree que tiene vida y hasta que razona; que el mar llegaba hasta Tacna y Moquegua.  Toda la caminata de retorno es un monólogo, su versiones repetitivas que el mar tiene ojos, y que se muestran en la espuma; que cada burbuja son los ojos del mar me hacen pensar cada vez más que lo que yo encontré es un loco del mar, pero me hacen entumecer, sus versiones, me hacen caminar adormilado sobre la arena y me invade una impresión apasionante.  − Mira ve – dice, los ojos del mar y me lleva a ver los ojos; la gente piensa que el mar se aquieta cuando ellos están fuera y que se embravece cuando entran, − ¿cómo sabe cuando entro? dicen ellos – el adormecimiento me acompaña y hasta empiezo a revisar nuevamente con carácter científico el tema del mar y sus ojos.  ¿Y si de verdad nos contempla? Porque sí embravece cuando entro me digo; la gente no respeta al mar dice; fíjate ese hombre contempla a su perro pero le da la espalda al mar,  − más weón – me dice, mientras nos acercamos a una pareja de mediana edad, insiste en la versión del mar y sus ojos; hasta que me despierta un cañonazo lanzado desde una embarcación para pescar lenguado, y recuerdo que poco tiempo me queda para hacer mi circuito de ejercicios y volver para cumplir con mis compromisos.  El hombre le habla a la señora y le dice que debe tener cuidado con el mar, y ahí sí creo que el hombre está loco; no la conoce y le habla con tanta normalidad y se atreve a acercarse y darle pautas acerca del mar y sus olas de 300 metros.  Yo continúo y me alejo, lo espero a cierta distancia para agradecer sus consejos y su actitud tan amable que me refundió en el pensamiento de un loco del mar.

¡Cuál es su nombre señor! Deslizo la pregunta que debí formular en el inicio, pero lo hago en el epílogo; Eduardo me dice, se quita los lentes para identificarse como tal y sus ojos celestes y gastados por la brisa me saludan e impresionan.  Yo me llamo Norben; mucho gusto muchacho, cambia de anzuelos, pon unos número 12, me dice; espero que lo vuelva a ver, estaré por la fundición pronto le dije; se aleja haciendo señas de cómo lanzar correctamente, e indica nuevamente el número 12.