domingo, 31 de marzo de 2013

Pequeños Invasores


Me quedé por un momento desconectado del mundo, tratando de regresar, volver a conectarme; no había algo en la cola de aduanas que me hiciera retornar a mi estado normal, es uno de esos momentos en los cuales te quedas en blanco del que quieres, y no quieres salir.  Este cometido resultó más difícil al surgir más estímulos para perderme totalmente, pero de lo más placentero se tornó ese momento por que para mi deleite aparecieron como imágenes contrastadas con mi realidad algunos pasajes de mi niñez, venidos desde lo más profundo de mis recuerdos.



La imagen contrastada con los muros era un espacio abierto sin ninguna construcción, mucho papel de cemento que revoloteaba por los aires de rato en rato, el techo con bolsas, papeles de cemento y mucho sol; las ventanas se contrastaban con una tarde de fulbito que se prolongó hasta llegada la noche en la que podía ver el cielo y estrellas desde otra ciudad, supe mucho tiempo después que eran las mismas que veía desde casa; los pasadizos no eran mas que zanjas y accesos de madera para carretillas y lógicamente este espacio estaba lleno de obreros.

Por el año de 1987 mi padre – quien constantemente viajaba por trabajo – en uno de sus arribos de Tacna(Ciudad que yo llamé Nínive por error en el anterior posteo, era Tarsis) nos dejó helados a mí y mi hermano, de la alegría, emoción, ilusión, expectativa y todo aquello que se pueda imaginar al pensar en ir a pasar vacaciones de verano a otra ciudad; si bien es cierto ya habíamos pasado una temporada de verano en Lima con una tía muy querida hasta hoy, pero fue un sufrimiento agónico hasta volver a casa, un calvario, que al fin y al cabo, quedó guardado en nuestras memorias por el hecho de haber podido manejarnos tan pequeños y solos en las noches del Callao.  Así que se hicieron los preparativos, maletitas, bolsitas, mochilitas o lo que sea que hoy no recuerdo.

Ya en Tacna todo hacía presumir que las vacaciones de verano serían geniales, como todas vacaciones y más si son de verano.  Pero primer día, 6:00 a.m.:

¡A levantarse!, a comprar el pan, el otro prepara el café con leche, a tomar desayuno y de inmediato… a trabajar.
 
El camino al trabajo era de 20 minutos, a pura “planchita”, siempre entretenido, viendo cosas nuevas, casas distintas, gente distinta y siempre por el barrio malogrado cerca al estadio, ese si era un reto, pero al cabo de dos días el asunto era distinto, caminábamos junto al viejo, y al viejo lo respetaba todo el mundo.  El trabajo era en una pampa, un arenal donde se construiría un terminal terrestre, en aquellos días jamás imaginamos que sería, ¡ese! terminal terrestre; era el trabajo del papá y punto.

El primer día de trabajo nos presentaron como los hijos del colorao, los coloraditos y nada más que a tratar de pasarla bien, pero; ¿cómo hacerlo en un arenal, en medio de zanjas, madera, cemento, fierros, gente adulta y un viejo capataz gruñón?  Pues ese era un mundo nuevo y sí que estaba lleno de aventuras, de cosas nuevas y nadie tenía que comprarnos un set de herramientas de juguete, teníamos las nuestras asignadas; llámese lampa, pico y carretilla.  Trepábamos por en medio de las zanjas que eran lo suficientemente altas para ocultarnos, no usábamos indumentaria de trabajo, la nuestra era un short y nada más, sin tabas, sin polo, sin bloqueador, si teníamos hambre la señora de la carretilla y sus sabrosos sanguches nos calmaban los alaridos del estómago, si teníamos sueño, – esta si es fantástica – colocábamos una tabla regularmente ancha en el lugar más cómodo, en ambos extremos unos ladrillos que con el peso de nuestros livianos cuerpos de 9 y 7 años aproximadamente hacían de la tabla una hamaca, con una perfecta resistencia, curvatura y elasticidad, nos tapábamos del viento y frio con bolsas de cemento vacías que daban una tremenda calidez, las fijábamos con piedras al suelo para que el viento no nos arrebatasen “las frazadas”, luego del almuerzo y haber retozado toda la mañana era el bungalow perfecto, siempre cercano a uno de los muros que ya se levantaron, para darnos la sombra, también cercanos a la ubicación de Mufasa, los obreros eran sus patas pero no podía confiar a sus dos leoncitos por cualquier lugar, siempre a la vista
.
El vaciado de zanjas era de lo más laborioso y emocionante; trompo con su operador, dos alimentadores, y una fila extensa de carretilleros esperando su turno, era todo un jolgorio y no sólo para nosotros, lo era también para ellos porque en medio de la fila de carretilleros habían dos pequeños calatos y sin tabas con su carretilla, porque zigzagueaban con la carretilla y la carga de un poco de mezcla como llanta reventada y suelta, porque en alguna ocasión uno se fue con carretilla, mezcla y todo a la zanja, éramos una motivación para todos ellos y ellos para nosotros.

¿Pero, qué hacían dos niños en una construcción?
Al parecer esta pregunta se hacía sin encontrar respuesta en el razonar del gruñón capataz Ortiz, y siempre se las ingeniaba para echar a perder las cosas, gracias a los compañeros de la obra siempre terminábamos escapando o escondiéndonos del molestoso viejo de quien en una ocasión, no pudimos huir.  En aquella oportunidad el tipo al parecer nos hizo un reglaje y nos acorraló, nos mandó al kiosco de un carajo con voz aguda y aguardentosa, que para nosotros significaba un trauma severo con shock postraumático, al menos para los 10 minutos siguientes.  El capataz Ortiz era un señor amargado, no era necesario ser un adulto para discernirlo y como tal en la obra todos lo aguantaban mofándose de sus exigencias.

El día que el maestro Ortiz nos encontró con bugui y lampa en mano renegó: ¡de quién son estos críos! y todos respondieron casi al unísono: ¡son míos!.  No pudo hacer nada el amargado viejo y desde ahí desencadenó su futuro un tanto sombrío, al menos ese fue mi análisis literario de los sucesos.  Un sábado de media jornada, quedamos − ¿quedamos dije?, − en jugar un partidito en la pampa del lado, arena desértica, mezclada con otros materiales, arena riquísima para los pies y las revolcadas; había algo que el maestro Ricardo compartía con toda la cuadrilla, el retozo en la arena correteando a la pelota, pero en medio de fieras siempre hay rencillas, aquella tarde uno de los obreros no se aguantó más las majaderías del viejo Ortiz y lo noqueó luego de un cabezazo y algunos golpes.  El maestro Ortiz volvió a la obra el lunes, mas no quien lo dejó sin título del Consejo Mundial de Boxeo, para nosotros fue un evento pugilístico connotado, prestigioso; uno de nuestros colaboradores se iba a fajar con el maestro Ortiz, el cancerbero, el grosero y necio Ortiz.

Los fines de semana eran de playa obligatoriamente, boca del río y en el mejor de los casos, Vila Vila, genial, maravillosa y deliciosa caleta.  La que puedo dibujar en mi mente ahora, puedo realizar una animación sorprendente en base a recuerdos: termino mi pescado frito y con las manos pegajosas, con sabor a ajo y pescado, bajo de la silla donde mis pies cuelgan, camino por las rocas y piedras redondeadas hacia la pequeña ensenada, poco a poco empiezo a hundirme y puedo bucear, salgo y termino al lado de un bote de pescadores que me alientan a subir.  Este maravilloso mundo de mar, sol y pescado frito hacen que ame el verano y todas sus implicancias.

Todo este relato voló por mi mente en dos minutos y mientras tomaba mi posición en la cola de aduanas, aún adormecido por los recuerdos y la regresión auto infringida, me digo: ¿Si yo fui dueño de este terminal?, ¿Qué  hago haciendo cola?.

Dios los bendiga amigos
Seguimos pronto.