Me quedé por un momento desconectado del mundo, tratando de
regresar, volver a conectarme; no había algo en la cola de aduanas que me
hiciera retornar a mi estado normal, es uno de esos momentos en los cuales te
quedas en blanco del que quieres, y no quieres salir. Este cometido resultó más difícil al surgir más
estímulos para perderme totalmente, pero de lo más placentero se tornó ese
momento por que para mi deleite aparecieron como imágenes contrastadas con mi realidad algunos pasajes de
mi niñez, venidos desde lo más profundo de mis recuerdos.
La
imagen contrastada con los muros era un espacio abierto sin ninguna
construcción, mucho papel de cemento que revoloteaba por los aires de rato en
rato, el techo con bolsas, papeles de cemento y mucho sol; las ventanas se
contrastaban con una tarde de fulbito que se prolongó hasta llegada la noche en
la que podía ver el cielo y estrellas desde otra ciudad, supe mucho tiempo
después que eran las mismas que veía desde casa; los pasadizos no eran mas que
zanjas y accesos de madera para carretillas y lógicamente este espacio estaba
lleno de obreros.
Por
el año de 1987 mi padre – quien constantemente viajaba por trabajo – en uno de
sus arribos de Tacna(Ciudad que yo llamé Nínive por error en el anterior
posteo, era Tarsis) nos dejó helados a mí y mi hermano, de la alegría, emoción,
ilusión, expectativa y todo aquello que se pueda imaginar al pensar en ir a
pasar vacaciones de verano a otra ciudad; si bien es cierto ya habíamos pasado
una temporada de verano en Lima con una tía muy querida hasta hoy, pero fue un
sufrimiento agónico hasta volver a casa, un calvario, que al fin
y al cabo, quedó guardado en nuestras memorias por el hecho de haber podido
manejarnos tan pequeños y solos en las noches del Callao. Así que se hicieron los preparativos,
maletitas, bolsitas, mochilitas o lo que sea que hoy no recuerdo.
Ya
en Tacna todo hacía presumir que las vacaciones de verano serían geniales, como
todas vacaciones y más si son de verano.
Pero primer día, 6:00 a.m.:
¡A levantarse!, a comprar el pan, el otro
prepara el café con leche, a tomar desayuno y de inmediato… a trabajar.
El
camino al trabajo era de 20 minutos, a pura “planchita”, siempre entretenido,
viendo cosas nuevas, casas distintas, gente distinta y siempre por el barrio
malogrado cerca al estadio, ese si era un reto, pero al cabo de dos días el
asunto era distinto, caminábamos junto al viejo, y al viejo lo respetaba todo
el mundo. El trabajo era en una pampa,
un arenal donde se construiría un terminal terrestre, en aquellos días jamás
imaginamos que sería, ¡ese! terminal terrestre; era el trabajo del papá y
punto.
El
primer día de trabajo nos presentaron como los hijos del colorao, los coloraditos y nada más que a tratar de pasarla bien,
pero; ¿cómo hacerlo en un arenal, en medio de zanjas, madera, cemento, fierros,
gente adulta y un viejo capataz gruñón?
Pues ese era un mundo nuevo y sí que estaba lleno de aventuras, de cosas
nuevas y nadie tenía que comprarnos un set de herramientas de juguete, teníamos
las nuestras asignadas; llámese lampa, pico y carretilla. Trepábamos por en medio de las zanjas que
eran lo suficientemente altas para ocultarnos, no usábamos indumentaria de
trabajo, la nuestra era un short y nada más, sin tabas, sin polo, sin bloqueador, si teníamos hambre la señora de la
carretilla y sus sabrosos sanguches nos calmaban los alaridos del estómago, si
teníamos sueño, – esta si es fantástica – colocábamos una tabla regularmente
ancha en el lugar más cómodo, en ambos extremos unos ladrillos que con el peso
de nuestros livianos cuerpos de 9 y 7 años aproximadamente hacían de la tabla
una hamaca, con una perfecta resistencia, curvatura y elasticidad, nos tapábamos
del viento y frio con bolsas de cemento vacías que daban una tremenda calidez,
las fijábamos con piedras al suelo para que el viento no nos arrebatasen “las
frazadas”, luego del almuerzo y haber retozado toda la mañana era el bungalow
perfecto, siempre cercano a uno de los muros que ya se levantaron, para darnos
la sombra, también cercanos a la ubicación de Mufasa, los obreros eran sus patas pero no podía confiar a sus dos
leoncitos por cualquier lugar, siempre a la vista
.
El
vaciado de zanjas era de lo más laborioso y emocionante; trompo con su
operador, dos alimentadores, y una fila extensa de carretilleros esperando su
turno, era todo un jolgorio y no sólo para nosotros, lo era también para ellos
porque en medio de la fila de carretilleros habían dos pequeños calatos y sin tabas con su carretilla, porque
zigzagueaban con la carretilla y la carga de un poco de mezcla como llanta reventada
y suelta, porque en alguna ocasión uno se fue con carretilla, mezcla y todo a
la zanja, éramos una motivación para todos ellos y ellos para nosotros.
¿Pero,
qué hacían dos niños en una construcción?
Al
parecer esta pregunta se hacía sin encontrar respuesta en el razonar del gruñón
capataz Ortiz, y siempre se las ingeniaba para echar a perder las cosas,
gracias a los compañeros de la obra siempre terminábamos escapando o
escondiéndonos del molestoso viejo de quien en una ocasión, no pudimos huir. En aquella oportunidad el tipo al parecer nos
hizo un reglaje y nos acorraló, nos mandó al kiosco de un carajo con voz aguda
y aguardentosa, que para nosotros significaba un trauma severo con shock
postraumático, al menos para los 10 minutos siguientes. El capataz Ortiz era un señor amargado, no
era necesario ser un adulto para discernirlo y como tal en la obra todos lo
aguantaban mofándose de sus exigencias.
El
día que el maestro Ortiz nos encontró con bugui y lampa en mano renegó: ¡de
quién son estos críos! y todos respondieron casi al unísono: ¡son míos!. No pudo hacer nada el amargado viejo y desde
ahí desencadenó su futuro un tanto sombrío, al menos ese fue mi análisis
literario de los sucesos. Un sábado de
media jornada, quedamos − ¿quedamos dije?, − en jugar un partidito en la pampa
del lado, arena desértica, mezclada con otros materiales, arena riquísima para
los pies y las revolcadas; había algo que el maestro Ricardo compartía con toda
la cuadrilla, el retozo en la arena correteando a la pelota, pero en medio de
fieras siempre hay rencillas, aquella tarde uno de los obreros no se aguantó
más las majaderías del viejo Ortiz y lo noqueó luego de un cabezazo y algunos
golpes. El maestro Ortiz volvió a la
obra el lunes, mas no quien lo dejó sin título del Consejo Mundial de Boxeo,
para nosotros fue un evento pugilístico connotado, prestigioso; uno de nuestros
colaboradores se iba a fajar con el maestro Ortiz, el cancerbero, el grosero y
necio Ortiz.
Los
fines de semana eran de playa obligatoriamente, boca del río y en el mejor de
los casos, Vila Vila, genial, maravillosa y deliciosa caleta. La que puedo dibujar en mi mente ahora, puedo
realizar una animación sorprendente en base a recuerdos: termino mi pescado
frito y con las manos pegajosas, con sabor a ajo y pescado, bajo de la silla
donde mis pies cuelgan, camino por las rocas y piedras redondeadas hacia la pequeña
ensenada, poco a poco empiezo a hundirme y puedo bucear, salgo y termino al
lado de un bote de pescadores que me alientan a subir. Este maravilloso mundo de mar, sol y pescado
frito hacen que ame el verano y todas sus implicancias.
Todo
este relato voló por mi mente en dos minutos y mientras tomaba mi posición en
la cola de aduanas, aún adormecido por los recuerdos y la regresión auto
infringida, me digo: ¿Si yo fui dueño de este terminal?, ¿Qué hago haciendo cola?.
Dios
los bendiga amigos
Seguimos
pronto.