Entrada la secundaria, había algo que no me dejaba, era persistente y negaba a irse. Yo le rogaba hasta en sueños que se fuera y me dejara, pero necio y vano mi sueño; permanecía ella. Mis compañeros de secundaria, novatos como yo, mostraban cambios en el aspecto físico; la mayoría dejaba la pinta de niño bueno y peinado con raya al lado para ceder paso al aspecto con el que todo niño sueña, ser grande.
Es precisamente esto lo que no me dejaba: La talla. Mientras la traza, porte y apariencia de la mayoría iba camino a encontrarse con la de un hombre, la mía parecía permanecer y amenazaba quedarse así y bien sabido es que cuando pequeños, la paciencia es un don inexistente (ya vas a crecer… ¡Mentira!) Si bien es cierto que la primaria estuvo plagada de conflictos y pleitos, líos y contiendas por ser blanquito, la pasaba recontra bien porque no arrugué jamás, ni con mi gran amigo Felix que me doblaba el tamaño y siempre me zurraba. Pero la secundaria ya era otro reto, uno mayor, y como posteé anteriormente acerca del debut en la secundaria con protagonistas como Minino y el Prof. Paquera, también tuve mis pequeños triunfos a pesar del escaso tamaño mío.
A unas semanas de haber cumplido con el debut en la secundaria, ya de turno mañana; hizo su debut muy a destiempo un nuevo inquilino de nuestra aula. Angulo; de él sólo recuerdo el apellido y que de saque (inicio) me cayó mal, remal. Su apariencia de niño bueno y peinado con raya al lado era perturbadora, una cosa era el peinado, otra era el rostro; no iban de la mano, no encajaban, sus modales forzados como de counter de Banco – “Que tenga un hermoso día señor” – eran irritantes, pero lo que me generaba sarnas y sarpullidos era que el forzado Angulo era muy desenvuelto; sí, al parecer sus modales de manual a otros si les gustaba.
Todo su carácter e irritante personalidad no eran causal para aniquilarlo; mis argumentos eran recursos insuficientes; así que de saque (inicio) entendí que mi caso contra Angulo sería archivado.
Sería archivado Sí y sólo si: Angulo no se metía conmigo.
Poco a poco Angulo se hacía dueño de los círculos de amigos, con todos los grupos se reunía; los estudiosos (nerds), los vagos, los palomillas, los discriminados y ni qué decir con las chicas; puedo decir con jactancia que en mi salón siempre nos acompañaron las chicas más lindas del colegio, ya sea en primaria o secundaria; así que ya entenderán el placer que me causaba ir al colegio. Pero lo que Angulo hacía representaba lo que significó el fujimorismo en sus tiempos, Angulo era montesinista, a todos los tenía consigo, con todos estaba bien, todos acudían a la convocatoria de Angulo; al menos esa era mi apreciación.
Para mí no era un gran problema que Angulo hiciera todo lo que hacía, hasta que… te conocí ¡Nó! Hasta que un día me acerqué muy temprano antes de la formación a mi grupo de siempre, los palomillas; y Angulo para variar les hablaba seguro una idea trasnochada, algo que había tramado para engañar nuevamente. Mi llegada al grupo fue con una pregunta: ¿Qué hay? Nadie respondió, sólo uno; Sí, fue Angulo, que se puso a mirar el cielo y silbar para denotar que yo no era bienvenido, ni mi pregunta, ni mi presencia y que estaba sobrando ¿Quién era él para echarme de mi grupo, con su truquito de serie de televisión? Lo peor es que el resto de palomillas no dijo nada y asumí mi derrota; ordené a mis piernas la retirada y con la derrota a cuestas me admiraba ¡Qué acaba de pasar!
La mirada al cielo y la silbada se repitieron varias veces; Angulo me estaba hastiando, su peinado me estaba enfermando, su mote me estaba trastornando; cada vez aparecían más razones para reabrir el caso contra Angulo y su peinado lamido de vaca. Yo creo que el sentimiento para con Angulo era recíproco. Pero como nunca fui abusivo, ni prepotente, ni maloso; no encontraba justificación para zurrar a Angulo y su silbido.
Luego de varios días, quizás semanas o meses; hizo su arribo a casa mi papá, y la alegría de verlo y saber de sus historias me hicieron olvidar de mi pesadilla escolar. Pero el caso era repetitivo y supe quién me daría el consejo perfecto para encontrar un recurso fulminante contra Angulo.
Una tarde, en la que no había Tv, electricidad, celular, menos internet o Smartphone; encontré al viejo en su cuarto reposando previo a la cena y se produjo el siguiente diálogo:
- (N)Papá, en el colegio hay un pata que me hace la vida imposible(relato anterior)
- (P)Pero eso no es problema pues hijo, ya se le va a acabar las ganas, ignóralo
- (N)Pero papá, es que cuando llego a algún grupo el pata se pone a silbar y se la da del men, el machito
- (N)Además lo hace todo el tiempo y ya no lo aguanto
- (P)Ya hijo, ¿Con qué silba el pata ese?
- (N)Con la boca pe papá
- (P)¡Conéctale un recto en la trompa y ya está pe carajo!
Yo no era abusivo pero Angulo se lo había buscado, fui a ver a mi gurú y me dio la respuesta a mi mal; tan fácil no podía ser; estaba recontra alegre, la solución vino justo de quien tenía temor defraudar por algún diente caído, un ojo reventado, una nariz rota; siempre mi principal preocupación era: La dirección, el pelao director; mi padre y yo. Pero ¡Milagro! El temor se había ido y a Angulo le quedaban horas, con pronóstico reservado.
Un Jueves (día siguiente de mi cita con el gurú) tocaba educación física, y dormí pensando en mi puño contra su trompa, soñé que caminaba y que silbaba y luego lloriqueaba; desperté pensando en mi puño y su trompa, salí de casa rumbo al colegio pesando en mi puño y su trompa; no había espacio para más en mi joven mente. Dio las 10:00 am, educación física; durante la clase no pasó nada – yo guardaba respeto y admiración por mi profesor – pero cuando terminó la clase vi a Angulo con un grupo haciendo lo mismo de siempre: fanfarronear, vanagloriarse, él era figurón; Así que me acerqué con la felicidad de estar cerca a cumplir mi sueño y dije: ¿Qué hay? Angulo empezó a silbar y mirar al cielo, mientras tanto mi mano pegada al short se iba empuñando, mi hombro derecho se iba poco a poco para atrás – el golpe sale desde la espalda hijo – , y de esta manera mi brazo salió raudo de su lugar, empujando el misil de mi puño para estrellarse contra la trompa de Angulo el pedante infractor de mi tranquilidad escolar. Su trompa quedó reventada y seguro dejó de silbar más por el temor que por la herida.
Así como llegó, se fue; de pronto dejó de venir y luego nos enteramos que su papá era militar y lo habían cambiado.