La profesora Yolanda enseñaba Historia y su libro recomendado era: Historia del Perú en el Proceso Americano y Mundial de Manuel Espinoza, al menos eso decía el Libro, reconozco hidalgamente que me pasaba horas y horas pensando como el tipo había logrado compaginar todo este libro y más aún; saber todo lo que en él cabía. También reconozco que, casi literalmente devoré ese libro en todo tipo de eventos; la primera por obligación y en casa, la segunda, porque olvidé algunas cosas y en el colegio, la tercera porque requería releer algunos datos y viendo como ardían unos troncos en la cocina a leña; la cuarta, quinta y sexta; porque me gustaba la historia, el libro y los dibujos.
La palabra favorita de la Profesora Yolanda Espinoza Zegarra − a quien un buen día mi amigo y compañero de carpeta Felix la rotuló en su Trabajo de Investigación como: Yolanda Mamani Mamani, hecho que enfureció a la correcta Maestra y lo echó de la clase con un hepático y estruendoso: ¡te vas afuera! – era “transición”, yo quedaba en jaque mate cada que la pronunciaba, créanme que lo intuía pero; nuevamente debo admitir hidalgamente que permanecí en la desgracia de la ignorancia, aquella de no saber el significado de dichosa palabra y con jactancia y arrogancia seguir como si jamás la fuera a usar. Normalmente Yolanda la usaba para criticar los trabajos como el fraude presentado por Félix desde la carátula y decir: “Parecen de transición ustedes”, yo creo que Felix se perdía una clase fantástica, las de historia para mí lo eran. Así que Felix hacía la transición de estar en clase a estar fuera seguramente haciendo ranas o vaya uno a saber que castigo le impusiese Roncacho, el instructor y cancerbero auxiliar.
Si el significado de transición ignoraba, el de bravucón me lo sabía de memoria, aquel adjetivo era un sueño interpretar y con rol protagónico desempeñar; primera, segunda y tercera parte; nominación a mejor actor de reparto, premio en Festival de Canes, Oso de Oro por el más bravucón de todos lo bravucones; y una mención honrosa en el Ojo del domingo. Pero me quedaba muy grande ese adjetivo, o estaba aún muy lejana la entrega de ese premio a la malcriadez, la insolencia hecha niño rumbo a adolescente. No estaba tallado para ser un bravucón, no era madera para la desfachatez y eso lo entendí en mis inicios de la secundaria.
La despedida de la primaria no fue un hecho traumático o doloroso, no se albergó en mi alma de niño aun, penas por dejar a los menores, todo lo contrario; mucho alarde y jactancia por irme a ligas mayores, la primaria era cosa de niños y yo la dejaba para irme a la selva y no de misionero, mas bien de cazador al cuchillo. Llegadas las vacaciones la amenaza era frecuente: ¿ahora vas a secundaria? Pues ahora vas a ver; te vas a hacer hombre; ahora voy a ver si eres machito como aquí; entre otros que para ser honesto si me llenaban la cabeza de dudas y preguntas, las mismas que sólo se iban a despejar una vez pisada la secundaria. De todas las amenazas hubo una que me quitaba el sueño; porque a los pleitos les pondría el pecho, para las pruebas sólo tendría que estudiar, para los deportes era un capo, cavilaba que serían los grandotes y abusivos de la secundaria; pero igual, si tendría que lidiar con ellos, lo haría hasta quemar el último cartucho, o me lanzaría con bandera en mano por la parte trasera del colegio hacia el Cesar Palace a saldar ofensas. Pero; ¿quién era Paquerita? Todo el tiempo las amenazas iban concatenadas a Paquerita, su tutoría era agonizante comentaban, sus clases eran inquisidoras y nada indulgentes, sus correcciones eran de patrón a esclavo, que su voz retumbaba las paredes del colegio…
Al Profesor Pedro Paquera Perca lo respetaba hasta el más audaz y descarado jovenzuelo de mi barrio, y vaya que los había, hasta se peleaban por poseer el título del más atrevido del barrio, todos eran mayores que yo, claro; pero a Paquerita le temían y hasta le temblaban. Así que ya me preparaba con tres meses de anticipación para mi debut en la secundaria, esperando que no sea… con Pedro Paquera.
De esta manera mi transición oficial de primaria a secundaria había llegado; primer de día de clases y ya no de turno tarde, si no en turno de mañana, la secundaria exigía levantarse más temprano, otro reto, pero le pongo el pecho dije; mi exceso de confianza me llevó a salir peleando con el reloj, acelerando el paso para que mi primer día de clases fuera un éxito, ¿Qué nuevos compañeros tendré?, ¿Qué otros se habrán ido?, ¿Qué profesores habrán?, ¿serán buenos? ¿Habrá alguna chica nueva en mi salón? La motivación era otra, la expectativa era grande y cada paso que daba me emocionaba más antes de llegar al colegio, a llenar algún salón que por la tarde fue lugar de mis mayores alegrías.
Llegué rascando la puerta y justo a tiempo. De esta manera pude conocer a Paquerita, fue nombrado Director de la secundaria para suerte de los debutantes y ese nombramiento lo encumbraba en lo alto de la autoridad, el opresor Paquera se encargaba de velar por el cumplimiento del ROF y MOF estudiantil a primera hora del día, por ejemplo: las tardanzas. Los lerdos, los dormilones, los glotones, los engreídos de mamá, los olvidadizos no tenían espacio en la secundaria de Paquera; los infractores y forajidos… menos. Así eduqué mi voluntad, y mi pasión por el sueño tuvo que ceder para ser suplida por la responsabilidad, pero un bonito día coqueteé con el olvido y tuve revisar mi maletín nuevamente, el trance me generó una lucha con el reloj, nuevamente.
Me quedaba un minuto para caminar las tres cuadras que me separaban del colegio, cada paso que daba venía acompañado del sonido de un latigazo, o el conteo de dos mil ranas, rampando en la parte sucia y polvorienta del colegio, o el sol estrellando sus rayos luminosos en mi rostro mientras hacía penitencia en el centro del patio, no sin antes haber sido sacudido por un cocacho resonante y estremecedor que me apiñaba las vértebras y me reducía la estatura, mi corazón latía más fuerte y amenazaba salir por la boca por el susto de caer en manos de Paquera.
Mientras me acercaba veía aparecer la puerta de ingreso al colegio de manera gradual suplicando para que Pedro Paquera hubiese enfermado, que su abuela le hubiese dejado una herencia y haya renunciado, que una diarrea fulminante lo tuviese cautivo del excusado o un ómnibus se haya estrellado contra su casa, así le demande más tiempo llegar. Todo ello se esfumó cuando vi a los dormilones, lerdos, olvidadizos y forajidos en la malla alambrada de la puerta, colgados como si esperasen un gesto de bondad, una indulgencia; algunos aducían que sus padres les pegaban, otros que no tenían que comer; las penurias más atroces se manifestaban ante el empoderado Paquera pero este ni se inmutaba, ni se conmovía. No había espacio para mí en la puerta de malla, era pequeño y debutante; tardón, pequeño y debutante; tardón, pequeño, debutante y blanquito; me botaban con el cuerpo o a empujones de mi lugar, era más que una congoja o tormento avizorar mi futuro; era oscuro y casi me veía como difunto.
Por la puerta hacían su paso marcial y jactancioso los profesores, a quienes Paquerita saludaba de manera muy áspera, un seco y contundente “Buenos días profesor” eran suficientes para este Alcaide que me hacía pensar: si con los profesores es así, yo no me salvo; también hacían su paso algunos alumnos con sus padres, quienes muy dolidos por la conducta penitenciaria de Paquera se lo hacían saber; así ese señor sabrá que este niño tiene un padre, dirían seguro, pero Paquera no doblegaba en su misión. En los entretelones fuera del colegio hacía su arribo muy pero muy tarde, Minino; con una flema y garbo impresionante, con la sonrisa burlona a flor de piel preguntaba: ¡qué pasa aquí! Algunos le contestaban, otros con visible emoción y admiración sólo decían: ¡Eeeesse minino! Yo exigía una explicación, ¿será acaso que minino no tiene padres? No pude elaborar más conjeturas, me era imposible; Michifus - una variante a su apodo - era un tipo alto y delgado, su andar pausado y lento, muy sereno siempre, pero su sonrisa burlona y mirada juguetona se cambiaban a veces, y lo convertían en un matón, un furibundo bravucón.
Yo vengo a estudiar
Calculaba yo, que Minino estaba en quinto de secundaria, por el respeto que le tenían, por su actitud y por la edad que aparentaba. Minino dijo en medio del despojo de la secundaria, los desadaptados y separados: ¡yo vengo a estudiar! Mientras Paquera razonaba con un padre de familia con la mirada hacia dentro del colegio, Minino aceleró e ingresó raudo al plantel sin pedirle permiso a nadie, golpeando lo que interfiriese con su objetivo, sin saludar ni brindar explicaciones.
¡Oiga alumno! Dijo Paquera, pero Minino continuó la marcha; ¡oiga señor deténgase a usted le hablo!; Paquera estaba furioso y rabioso, en su mirada se activó el odio y desprecio por los forajidos, su repulsión por los revoltosos; minino se detuvo y giró a medias, calmado con la mirada de bravucón y ceño fruncido: ¡Qué quieres!, contestó; ¡regrese aquí alumno!; minino coronó su actuación; con un gesto despectivo e insurrecto levantó el brazo y dijo: ¡Yo vengo a estudiar carajo! y prosiguió su marcha en pos de unirse con los correctos, los acertados y valiosos del colegio.
Yo estaba con la quijada en el piso, impresionado por lo que acababa de ver, si yo respondía así alguna vez, mi padre me mataba y luego mi madre me remataba, si sobrevivía al castigo sería internado en un penal, aislado y comería afrecho el resto de mi vida. Minino se perdió en la formación y a Paquera lo amenazaba un derrame facial, un ojo se le cerraba, su boca estaba chueca y tartamudeaba, les hablaba a otros alumnos incoherencias, era evidente que el descontrol lo había poseído. No sabía si quedarse o ir tras el vándalo que lo había ridiculizado; sólo recuerdo que ingresamos e hicimos una formación aislada todos los “tardones”, el resto es una historia que desconozco hasta hoy.
Minino sacó patente de crack aquel día y me hice su amigo, hoy es un muy buen tipo, ha hecho la transición de ser un bravucón a ser una persona de provecho, antes no lo fue y vivió al margen de la ley por buen tiempo; su actitud obedecía a los grupos que frecuentaba, y lógicamente peleaban por demostrar quién era el bravucón del barrio.
Saludos amigos y saludos a minino.
Dios los bendigaSeguimos pronto