sábado, 14 de septiembre de 2013

El Suelo es una flor

Yo no sé porque cuando desperté con mis manos sobre el suelo y sumido en un deleitoso sueño sobre una silvestre loma de Colpacota, vino a mi recuerdo el cuento de Carlos Zavaleta “El suelo es una flor”.

El suelo es una flor es un cuento que inflamaba mi cerebro de signos de interrogación, es que veía el título mas no leía el cuento, pasé así mucho tiempo y mi cerebro cada vez más inflamado de signos y curiosidad no pudo contenerse de quitar la amargura de pensar todo el tiempo: ¿Cómo es el suelo una flor?; así que le ordenó a mis piernas tomar rumbo hacia el cuento, a mis manos cogerlo y a mis ojos leerlo. 

Cada que Vargas Llosa postea una publicación empieza siempre ubicando al lector en el contexto, y casi siempre el de un lejano país cuya cultura nos hace verlo cada vez más lejano; pero yo no tuve que irme a otras latitudes, ni citar apellidos de distinguidas familias europeas, nombres extravagantes o políticas ultraderechistas, beligerantes o fundamentalistas; ¡no!

Yo, con 18 años acabados de cumplir; mi querido, admirado y entrañable cuñado tuvo la gran idea de llevarme a debutar − como lo hacen los hombres quizás diría el, la iniciación dirían los directivos de algún club social – trabajando ni más ni menos a 4560 msnm, en una carretera a la que hoy llamamos binacional, que en aquel tiempo tan solo era un sueño, un proyecto del gobierno que como muchos otros, a unos ilusionaba y a otros les alimentaba el escepticismo.

Cuñado: mamita, me lo llevo, arriba hay trabajo.
Madre: ¡llévatelo, aquí no hace nada!
C: no le va a pasar nada, yo lo voy a cuidar.
M: Si hay trabajo, que vaya.

De esta forma mi sentencia estaba propuesta, aprobada y reglamentada, así que: regístrese, comuníquese y publíquese.

Nos vamos el domingo cuñao, alista tus cosas.  Como siempre fui de los que no arrugan(acobardan) le dije: ¡ya pues!, como el buen machín, y así se inició mis prácticas para ir a las audiciones de “Espartaco II, el retorno”.

El Abordaje

Empresa San Martín, 08:30 pm.
Chofer: No hay pasajes, pero pueden ir en el pasadizo.
Cuñado: Sólo hasta Chilligua mister.
Ch: Ya pe, cinco lucas.
C: Gracias mister.

Mi cuñado era capo para negociar sin irritar a la gente, rumbo a Chilligua sentado sobre el cofre del motor; si el frio era inflexible, el candor era inexorable, el ardor lo mitigaba con el frio piso del pasadizo, lugar en el cual me enfrentaba al hedor, el cual peleaba con el candor del trasero, que amenazaba con un aguijón postrero.  Así me debatía mientras duraban las cinco horas de viaje hasta Chilligua, el frío ya no era reto, si lo eran enfrentar los candores y hedores a ras del pasadizo; los trabajadores y los pobladores tan pintorescos algunos, tan amenazantes los otros, pero yo ya algo curtido por las experiencias y roce con gente obrera y dura en mi niñez, me trataba de adaptar al que sería mi nuevo ámbito de aprendizaje.

El arribo

Al promediar la medianoche hacíamos arribo a Chilligua, ¡qué gusto conocerte Chilligua! Tanto habla mi padre de ti que ya eres tan familiar como Samegua, le dije.

El golpe de frío si era notorio, ni la fortaleza y fanfarronería de mis 18 años pudieron hacerle frente, urgía hallar el asilo o cobijo que haría mi estancia más llevadera, mi protector cedió su camarote y yo olvidé su comodidad, mi frío era siberiano y rogaba por un cofre de motor que peleara con la helada fenomenal, tardé lo que Bolt tardaría en subir 10 escalones para quitarme los borceguíes(botas) y meterme bajo 5 frazadas cuyos tigres estaban abrazados, duras como adobes y heladas como la escarcha.  Pero aún con eso pude conciliar el sueño y a las 6 de la mañana dirigirme al centro de trabajo, en la tolva de un volquete tan helado como la misma escarcha, no sin antes descongelar los borceguíes.

Pasé algunos días de prueba, sin tarjeta que marcar, sin explicaciones que rendir, pero sí algunas órdenes que cumplir; el muy conocido y tan usado “apoyo”, hay que apoyar muchacho, decían en ocasiones.  Para recordarlo mejor; una mañana habían descargado unas calaminas trapezoidales de seis metros de largo y bastantes pesadas, había que trasladarlas a determinada área y las cuadrillas estaban ocupadas, así que sólo quedaba echarle mano a los aspirantes, y éramos dos aquellos; especulo que en la mente del maestro de obra se dibujó el plan perfecto, un jornal completo de dos obreros para sí mismo.

Apoyados en nuestra juventud terminamos el traslado en menos de medio día, contra todo pronóstico, contra todo vaticinio y  todo sentimiento de envidia y celo de las cuadrillas; faltaba hora y media para el almuerzo y decidí subir a una loma a descansar, a 4560 msnm. comprobé que no era de fierro ni tenía 4 pulmones, que oxígeno hay poco allá arriba y que había ido demasiado rápido con el trabajo, sin tardar me recosté sobre lo que pensé pasto y me quedé dormido bajo el sol candoroso como el cofre del bus, arrullado por la frescura de algunas ráfagas de brisa; todos estos factores climáticos y el agotamiento me refundieron en el más profundo y placido sueño.  

Silvestres burros me despertaron, mas el profundo sueño no lo inquietaron, pero sí, me distrajeron y casi me arrullaron para continuar la cita con el coma, parecían decirme: siga hombre que nosotros lo cuidamos, hasta que usted se componga.  Y fue así que persistí en continuar mi coma inducido y permanecí recostado babeando el suelo que ya era una flor, casi al límite con la hora de almuerzo otro evento me despertó, pero a este no pude inducirlo a que me deje; una granizada que parecía decirme ya es hora de almorzar, es así que para reincorporarme me percaté que el suelo era toda una extensión de pequeñísimas, blandas y confortables flores verdes y crecían a ras del suelo, que hicieron de mi sueño uno de los más placenteros que tuve.

Mi experiencia no se parecía ni en los burros al cuento de Carlos Zabaleta, pero mi trajín por Colpacota y Chilligua fueron mi cuento, al que llamé: El Suelo es una flor.

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