Transcurría el año mil novecientos ochenta y no recuerdo que más, era yo
niño aún, quizá 8 o 9 años; lo que si recuerdo, es que una mañana dominguera,
golpe de ocho sonó la puerta y abrí, era un jovenzuelo medio palomilla y
pelotero, así lo veía yo; era el delegado de un equipo de barrio y tenía un tablero con hojas en las manos. Me preguntó si quería jugar para el mejor
equipo de aquellos tiempos, el Olimpia. Este
equipo tenía equipos en todas las categorías, en todas las disciplinas
ofertadas en los campeonatos organizados por la Municipalidad, aquellos tiempos
sí había capacidad de gestión y hermandad, la rivalidad sólo se evidenciaba en
el campo de juego; tiempos geniales. Mi
respuesta fue inmediata, ¡Sí! Dije, y se llenaron los formularios para mi
realizar mi contrato y posterior firma. Yo
jugaría en los calichines del Olimpia, era el capitán y luego de algunas fechas
y partidos, resultamos campeones, se programó la clausura del evento con entrega
de trofeos, premios (uniformes), reconocimientos (diplomas), menciones
honrosas, bromas y comida; todo enmarcado en la camaradería y la fraternidad.
A los calichines el delegado nos dijo: “deben estar a las 9 de la mañana
para la clausura, ahí les daremos sus camisetas”.
Puntuales aparecimos, e hicimos la formación obligatoria desde las nueve
de la mañana; lo que no hubo en aquel tiempo fue coordinación y puntualidad, y
la ceremonia de clausura empezó a las 3 de la tarde, lo único que nos mantenía
parados en la desgraciada clausura eran las camisetas que nos prometieron.
Cuando la ceremonia concluyó, yo sospechaba que sería víctima de una estafa,
la tarde fallecía y el ocaso hacía su aparición pintando todo color mandarina;
me acerqué al delegado y le pregunté por las camisetas que nos prometió y se
la pasó dando evasivas, la noche llegó y las evasivas eran frecuentes. Ya dado mi cansancio y hambre, el susto por
lo que esperaba en casa, decidí volver, con un nudo en la garganta que terminó reventando
al llegar a casa, mi llanto inconsolable e imparable no me dejaba, mi madre lo
supo y se indignó, luego mi padre lo supo y peor. Ahora viene lo mejor.
¡Ahhhhh No! ¡Esto no se queda así! Salió de casa ya de noche y yo no dejaba
de llorar, de contarle a mi vieja linda lo que había ocurrido, la estafa de la
que habíamos sido víctimas, la exigencia para que permaneciéramos ahí, la
promesa de las camisetas, el premio nos correspondía por ser campeones; el
llanto de impotencia por la injusticia y el honor mancillado. A mí no me importaba que ocurriría con el delegado, lo que sí sabía es que mi viejo cobraría y bien el agravio, que en
cuanto retornase, mi llanto estaría vengado y no habría porqué llorar más,
incluso suponía que traería todas las camisetas del equipo y las podríamos
repartir con los calichines del Olimpia.
Un sinfín de conjeturas tejía, todas se despejaron cuando volvió y
calmado conversó con mi mamá.
Yo no sé qué hizo, tampoco se lo pregunté alguna vez, pero si sé que antes
de El Hombre de la Atlántida, de Increíble Hulk (Lou Ferrigno), Matt Houston y
una serie de personajes; estaba mi papá, el sí era un héroe de verdad, él era
un capo y supo hacer lo que todo padre debe, ganarse el respeto y admiración de
sus hijos.
Deseo que hayan pasado un día fenómeno amigos padres, les deseo lo mejor.
Dios los bendiga.
Seguimos pronto.