Mi afición por el fútbol viene de muchos años, el estímulo que generó mi
viejo fue demasiado para hoy dejar este tan hermoso sentimiento, sea como
futbolista, como espectador, como aficionado y todo lo que tenga que ver con la
sensación que genere este deporte en mí, sana por cierto.
De adolescente pertenecí a un club de fútbol, el que por medio de un
profesor reclutó a todos los chicos con capacidades y habilidades de mi
promoción de colegio para poder representarlos en el campo de juego.
Los entrenamientos se hacían en un campo de futbol de tierra y piedras,
donde me hice y formé, se reforzaban en el colegio porque el profesor de
educación física era también el director técnico del club, era mi primera
incursión en un torneo de liga, la competencia no me asustaba, mis compañeros
estaban cerca, no había caras nuevas y todo era conocido, el representante del club,
un profesor, nos mimaba en ocasiones casi frecuentes con un sanguchito y refresco que era recibido
como el pago de una prima o un premio por haber ganado un partido de futbol
profesional, todos nos sentíamos importantes, venían a recogernos en una
camioneta Dodge celeste para la firma de la inscripción, al inicio estaba ahí y
se preocupaba por nosotros y nuestra salud.
¿Qué te duele? decía en ocasiones, se acercaba y frotaba con mano temblorosa
y gesto preocupado, nos llevaban en la misma camioneta a todos a los partidos,
esto nos hacía sentir importantes, valgo para alguien, pensaba yo; el hecho de
no ser este Señor mi familia con su actitud realzaba la importancia que se le
daba a las pequeñas promesas de futbolista, desde ese momento empezábamos a
entender que el reconocimiento a tu labor o talento es una de las principales
motivaciones para realizarnos y consolidarnos en el aspecto o ámbito en que nos
desempeñemos. Ahora sé que el exceso de
esta muestra de gratitud nos hace pedantes y altivos, es difícil controlarlo, somos
seres humanos.
Cuando perdimos el segundo partido consecutivo los sanguchitos y refrescos ya no eran tan frecuentes, la camioneta ya
no subía a recogernos, cada quien veía como llegar al campo de juego, luego de
unas semanas dejamos de ver casi por completo al profesor representante del club
y la verdad lo hizo bien, poco a poco ya no se hizo extrañar, ni él, ni los sanguchitos y refrescos.
Yo jugaba de delantero, al menos en esa ubicación me colocaban por la
habilidad para quitarme a los rivales y mi amor por el gol, me encantaba el
gol, podía estar todo un día jugando y metiendo goles de todo tipo, eludiendo
rivales y ridiculizando su esfuerzo por quitarme la pelota. Así que Norben: tú serás delantero. Queda dije feliz.
El director técnico le dijo a mi
viejo en alguna ocasión: “Norben tiene condiciones”. Cuando mi padre la volcó hacia mí casi estallo
en llanto de la alegría, el reconocimiento de un tipo que sabe era suficiente
motivo para hacer una fiesta, así que el viejo quedó feliz con su engendro.
Durante mi estadía en el club pasaba por una racha de desaciertos supongo y
el hecho de que era de los más pequeños de mi grupo, me hacía poco
seleccionable, así que jugaba poco y de poco pasé a jugar nada, por lo mismo
las motivaciones eran cada vez menores para conmigo, de hecho que juegues como
titular hace que sientas respeto y admiración por ti mismo y de los otros también,
que camines con algo de altivez en medio de tus compañeros, es inevitable
notarlo fui adolescente y lo hice, como también lo hicieron conmigo. Empecé a lamentar mi racha porque no hallaba
más razones para ella, desde mi perspectiva sólo podría esperar que pasara,
nadie me dio razones, nadie me otorgó opciones para meditar en mi bajo
rendimiento, nadie lo notó y si lo notó, poco le importó. Lamenté cada entrenamiento, cada partido
peor, lo veía desde el banco siempre, oía cuando llamaban a tal o cual para ingresar,
la vista en todas partes, el pensamiento sólo en el posible ingreso, el temblor
de piernas, me sudaban las manos rogando para que ese viento traiga consigo mi
nombre hacia mis oídos y así poder salir como golpeado por un percutor y mostrar
todo lo que tenía. Así pasaron varios
partidos y como adolescente impaciente e inmaduro tuve que hacer algo.
Un día el profesor representante del club asomó luego de un partido el cual
no recuerdo si ganamos o perdimos, para mí ya no era relevante si ganabas o
perdías, no me sentía parte de la alegría de un triunfo o la tristeza de la
derrota; la oportunidad apareció como
impuesta por el destino, el profesor quedó frente a mí y le mostré mi pena, ¿qué
tienes? Me dijo con afán alarmado, lo que interpreté como un gesto de
confianza y le indiqué: “es que no juego
profe, el profesor no me pone”, la respuesta fue inmediata y no se hizo
esperar, lo primero que asomó fue una sonrisa que no me daba buena espina y me
dijo: “Para qué, si tu eres maaalo” el adjetivo fue perfectamente descrito en
su rostro con el gesto, su risotada con la que se celebró a sí mismo cerró la
intervención, al menos de mi parte.
Aquella respuesta la recuerdo a la perfección hasta hoy, porque está
anotada entre los sucesos más penosos de mi vida, yo no era un adulto, mis
sentimientos no estaban firmes, no estaba preparado para entender que a un
adulto no le importan los sentimientos del niño y menos que sus sueños no
sirven y que es un tonto, en ese instante se irrigó por todo mi cuerpo una
orden; no volver a jugar más al futbol, al menos no de manera oficial, así que mi
bronca, pesar, tristeza, el nudo en la garganta que sólo se presenta cuando el
amor te es esquivo y mi llanto para dentro(los hombrecitos no lloran) nos
fuimos caminando a casa.
Los entrenamientos ya no fueron una motivación para mí, no fui más, no
sentí remordimiento por no haber ido, menos medité lo bien que la debían estar
pasando; así que me entregué al fulbito, a la pichanga callejera, a las
aventuras por las chacras y otros que me hicieron olvidar de las competencias
oficiales y los desdichados profesores como aquel. Así pasaron tres años, fulbitos y otros sin
participar en competencias oficiales, de verdad no me importaban.
Los sueños son algo que nos acompañan siempre, cada etapa de nuestras vidas
soñamos pero el sueño se construye y se trabaja en ello, luego de la etapa en
la que me olvidé de toda competencia decidí volver porque sabía de mi talento y
además me lo pidieron.
Hoy ya no es un suceso triste, hoy es un complejo tema de discusión para
mi, el niño tiene sueños, algunos se lo trazan pero ellos solos no pueden,
necesitan personas que los ayuden a construir esos sueños, a trabajar talentos
y virtudes, sólo entendiendo esos conceptos podremos sentirnos orgullosos de un
niño talentoso que va camino al éxito.
Algunos años atrás pude ver nuevamente a ese tipo, que ciertamente cometió
un error muy grande, pero en aquel momento no pude evitar las ganas de
invitarlo al fresco y definir de formas nada amistosas aquello que el generó en
este niño, hoy hombre, pero somos seres humanos y nos equivocamos siempre, así
que asumí el error del desacertado hombre y lo pasé a mi olvido.
Cuando marqué el retorno, era capitán del equipo, ya no era delantero pues
cambié a defensa central y con el carácter fuerte y temperamento aguerrido que
caracteriza a este puesto me abrí paso en el mundo en el que hoy vivo feliz, el
fútbol.