lunes, 10 de marzo de 2014

El Chico encontró su casa.

Como en la parábola del buen samaritano; apareció postrado y lloroso, accidentado y adolorido, la esperanza y el buen trato no era algo que veía venir, era casi imposible que lo ayudasen, incluso pensando que sus amos pasaron una y otra vez, y no lo auxiliaron, la gente sólo atinaba a decir seguramente: “pobrecito”.  ¡Qué difícil situación!, verte en tremenda dificultad y que nadie se apiade de ti.

A Chico da Silva − nombre con el que se le bautizó por su tamaño – se le pudo ayudar luego de aproximadamente 8 horas, según los testimonios recogidos, tres días atrás había estado por la avenida, por el sector del cuartel; otro testimonio dio cuenta que lo oyó llorar y quejarse en las noches por sus llagas, sus lesiones, su invalidez y las noches frías de agosto seguramente, hasta que pudo ponerse visible y gracias a Dios; ser socorrido luego de quizás... cuatro a cinco días.

Chico fue socorrido, atendido, se le dio tratamiento, cobijo, medicina, comida, agua y sobretodo mucho afecto, así nos recuperamos todos.  Luego de dos meses de absoluto cuidado fue dado en adopción a una familia muy notable y distinguida, quienes ya lo habían pedido.  Así que se tejió el plan de traslado y una mañana dominguera, a su nuevo amo fue entregado.

Con decir que a Chico lo trataron como a un caballero de la mesa redonda resulta absurdo.  Para empezar se sumaba a otros 6 caballeros guardianes de buena casta y como habitantes de un fundo, guerreros como un espartano; los espartanos no lo recibieron bien por el conocido celo que guardan los canes cuando llega un extraño, pero Chico ni se inmutó, estaba más tranquilo que Alan ante la Megacomisión, casi se burlaba; hasta que roncó como nunca lo oí durante los dos meses que lo tuve.  Para mí fue suficiente, para los espartanos no lo sé; realmente me llenó de orgullo tal vozarrón.

A Chico lo separaron para evitar pleitos y disputas que podrían terminar en un hecho de sangre, vivió muy acomodado y comiendo distinto al resto, lo mejor de lo mejor, con atenciones y cuidados que seguramente un espartano no gozaría.  Vivió a cuerpo de rey.

Con el correr de los días Chico terminó haciéndose dueño del fundo, roncaba a todos y sus ladridos retumbaban las paredes de la casa, no caminaba con la manada, pedía comida distinta, cama distinta y hasta empezó a escaparse y las quejas empezaron a llegar.  “Norben: el Chico se escapa y viene cuando quiere”; hasta que llegó una que me preocupó; “Chico no vino a dormir”. Chico ya no volvió luego de esa queja.

Una tarde, la dama distinguida, dueña del fundo caminaba por las calles de Samegua y lo divisó durmiendo en la vereda de una vivienda.  Lo llamó y Chico se reincorporó, se mostró muy feliz y muy agradecido, no dejaba de dar brincos y mostrar su alegría para quien lo había recibido y atendido.  Una vez enterado de su paradero, me aproximé al domicilio para explicar lo ocurrido con Chico y toda su peripecia, − creo que podría concursar con Ulises y su Odisea – cuando chico me vio desde el techo donde se encontraba, bajó raudo, llamé a la puerta y una señorita amable me atendió, − Chico cuyo nombre original era Bolo − al ver que Chico salía decidido y entusiasta se atemorizó, pero mi tranquilidad la hizo sospechar, hasta que el buen perro se lanzó sobre mí y no dejaba de mostrar evidentes muestras de felicidad y gratitud.  La señorita supo así, quién era yo.

Dejé muy claro que mi intención no era cobrar ni pedir retribuciones por los cuidados, tan sólo que sepan lo que pasó su mascota, pero esto si me asombró.  Si mi perro vuelve luego de tres meses a casa, casi me pongo como él, pero a ellos al parecer no les importaba y tampoco a Chico, para Chico, eran sus amos y nadie más.  Chico dormía en el techo o en la vereda de las calle, la dueña se quejó de los pelos que botaba y si lo primero que me da es una queja, el resto no quiero saber.


Creo con firmeza, desilusión y decepción que habría de ser uno perro para entender el concepto de lealtad, compromiso y amor fraternal que Chico o Bolo mostró a esta familia que de todo ello estoy seguro saben poco.  A mí no deja de mostrármelo, cada vez que lo encuentro por la calle, se asegura de acompañarme, porque nada debe pasarme; un espartano como él, no descuida a un miembro de su cuartel.

Dios los Bendiga amigos
Seguimos pronto