sábado, 19 de octubre de 2013

Yo vengo a estudiar

La profesora Yolanda enseñaba Historia y su libro recomendado era: Historia del Perú en el Proceso Americano y Mundial de Manuel Espinoza, al menos eso decía el Libro, reconozco hidalgamente que me pasaba horas y horas pensando como el tipo había logrado compaginar todo este libro y más aún; saber todo lo que en él cabía.  También reconozco que, casi literalmente devoré ese libro en todo tipo de eventos; la primera por obligación y en casa, la segunda, porque olvidé algunas cosas y en el colegio, la tercera porque requería releer algunos datos y viendo como ardían unos troncos en la cocina a leña; la cuarta, quinta y sexta; porque me gustaba la historia, el libro y los dibujos.

La palabra favorita de la Profesora Yolanda Espinoza Zegarra − a quien un buen día mi amigo y compañero de carpeta Felix la rotuló en su Trabajo de Investigación como: Yolanda Mamani Mamani, hecho que enfureció a la correcta Maestra y lo echó de la clase con un hepático y estruendoso: ¡te vas afuera! – era “transición”, yo quedaba en jaque mate cada que la pronunciaba, créanme que lo intuía pero; nuevamente debo admitir hidalgamente que permanecí en la desgracia de la ignorancia, aquella de no saber el significado de dichosa palabra y con jactancia y arrogancia seguir como si jamás la fuera a usar.  Normalmente Yolanda la usaba para criticar los trabajos como el fraude presentado por Félix desde la carátula y decir: “Parecen de transición ustedes”, yo creo que Felix se perdía una clase fantástica, las de historia para mí lo eran.  Así que Felix hacía la transición de estar en clase a estar fuera seguramente haciendo ranas o vaya uno a saber que castigo le impusiese Roncacho, el instructor y  cancerbero auxiliar.

Si el significado de transición ignoraba, el de bravucón me lo sabía de memoria, aquel adjetivo era un sueño interpretar y con rol protagónico desempeñar; primera, segunda y tercera parte; nominación a mejor actor de reparto, premio en Festival de Canes, Oso de Oro por el más bravucón de todos lo bravucones; y una mención honrosa en el Ojo del domingo.  Pero me quedaba muy grande ese adjetivo, o estaba aún muy lejana la entrega de ese premio a la malcriadez, la insolencia hecha niño rumbo a adolescente.  No estaba tallado para ser un bravucón, no era madera para la desfachatez y eso lo entendí en mis inicios de la secundaria.

La despedida de la primaria no fue un hecho traumático o doloroso, no se albergó en mi alma de niño aun, penas por dejar a los menores, todo lo contrario; mucho alarde y jactancia por irme a ligas mayores, la primaria era cosa de niños y yo la dejaba para irme a la selva y no de misionero, mas bien de cazador al cuchillo.  Llegadas las vacaciones la amenaza era frecuente: ¿ahora vas a secundaria? Pues ahora vas a ver; te vas a hacer hombre; ahora voy a ver si eres machito como aquí; entre otros que para ser honesto si me llenaban la cabeza de dudas y preguntas, las mismas que sólo se iban a despejar una vez pisada la secundaria.  De todas las amenazas hubo una que me quitaba el sueño; porque a los pleitos les pondría el pecho, para las pruebas sólo tendría que estudiar, para los deportes era un capo, cavilaba que serían los grandotes y abusivos de la secundaria; pero igual, si tendría que lidiar con ellos, lo haría hasta quemar el último cartucho, o me lanzaría con bandera en mano por la parte trasera del colegio hacia el Cesar Palace a saldar ofensas.  Pero; ¿quién era Paquerita? Todo el tiempo las amenazas iban concatenadas a Paquerita, su tutoría era agonizante comentaban, sus clases eran inquisidoras y nada indulgentes, sus correcciones eran de patrón a esclavo, que su voz retumbaba las paredes del colegio…

Al Profesor Pedro Paquera Perca lo respetaba hasta el más audaz y descarado jovenzuelo de mi barrio, y vaya que los había, hasta se peleaban por poseer el título del más atrevido del barrio, todos eran mayores que yo, claro; pero a Paquerita le temían y hasta le temblaban.  Así que ya me preparaba con tres meses de anticipación para mi debut en la secundaria, esperando que no sea… con Pedro Paquera.

De esta manera mi transición oficial de primaria a secundaria había llegado; primer de día de clases y ya no de turno tarde, si no en turno de mañana, la secundaria exigía levantarse más temprano, otro reto, pero le pongo el pecho dije; mi exceso de confianza me llevó a salir peleando con el reloj, acelerando el paso para que mi primer día de clases fuera un éxito, ¿Qué nuevos compañeros tendré?, ¿Qué otros se habrán ido?, ¿Qué profesores habrán?, ¿serán buenos? ¿Habrá alguna chica nueva en mi salón? La motivación era otra, la expectativa era grande y cada paso que daba me emocionaba más antes de llegar al colegio, a llenar algún salón que por la tarde fue lugar de mis mayores alegrías.

Llegué rascando la puerta y justo a tiempo.  De esta manera pude conocer a Paquerita, fue nombrado Director de la secundaria para suerte de los debutantes y ese nombramiento lo encumbraba en lo alto de la autoridad, el opresor Paquera  se encargaba de velar por el cumplimiento del ROF y MOF estudiantil a primera hora del día, por ejemplo: las tardanzas.  Los lerdos, los dormilones, los glotones, los engreídos de mamá, los olvidadizos no tenían espacio en la secundaria de Paquera; los infractores y forajidos… menos.  Así eduqué mi voluntad, y mi pasión por el sueño tuvo que ceder para ser suplida por la responsabilidad, pero un bonito día coqueteé con el olvido y tuve revisar mi maletín nuevamente, el trance me generó una lucha con el reloj, nuevamente.

Me quedaba un minuto para caminar las tres cuadras que me separaban del colegio, cada paso que daba venía acompañado del sonido de un latigazo, o el conteo de dos mil ranas, rampando en la parte sucia y polvorienta del colegio, o el sol estrellando sus rayos luminosos en mi rostro mientras hacía penitencia en el centro del patio, no sin antes haber sido sacudido por un cocacho resonante y estremecedor que me apiñaba las vértebras y me reducía la estatura, mi corazón latía más fuerte y amenazaba salir por la boca por el susto de caer en manos de Paquera.

Mientras me acercaba veía aparecer la puerta de ingreso al colegio de manera gradual suplicando para que Pedro Paquera hubiese enfermado, que su abuela le hubiese dejado una herencia y haya renunciado, que una diarrea fulminante lo tuviese cautivo del excusado o un ómnibus se haya estrellado contra su casa, así le demande más tiempo llegar.  Todo ello se esfumó cuando vi a los dormilones, lerdos, olvidadizos y forajidos en la malla alambrada de la puerta, colgados como si esperasen un gesto de bondad, una indulgencia; algunos aducían que sus padres les pegaban, otros que no tenían que comer; las penurias más atroces se manifestaban ante el empoderado Paquera pero este ni se inmutaba, ni se conmovía.  No había espacio para mí en la puerta de malla, era pequeño y debutante; tardón, pequeño y debutante; tardón, pequeño, debutante y blanquito; me botaban con el cuerpo o a empujones de mi lugar,  era más que una congoja o tormento avizorar mi futuro; era oscuro y casi me veía como difunto.

Por la puerta hacían su paso marcial y jactancioso los profesores, a quienes Paquerita saludaba de manera muy áspera, un seco y contundente “Buenos días profesor” eran suficientes para este Alcaide que me hacía pensar: si con los profesores es así, yo no me salvo; también hacían su paso algunos alumnos con sus padres, quienes muy dolidos por la conducta penitenciaria de Paquera se lo hacían saber; así ese señor sabrá que este niño tiene un padre, dirían seguro, pero Paquera no doblegaba en su misión.  En los entretelones fuera del colegio hacía su arribo muy pero muy tarde, Minino; con una flema y garbo impresionante, con la sonrisa burlona a flor de piel preguntaba: ¡qué pasa aquí! Algunos le contestaban, otros con visible emoción y admiración sólo decían: ¡Eeeesse minino! Yo exigía una explicación, ¿será acaso que minino no tiene padres? No pude elaborar más conjeturas, me era imposible; Michifus - una variante a su apodo - era un tipo alto y delgado, su andar pausado y lento, muy sereno siempre, pero su sonrisa burlona y mirada juguetona se cambiaban a veces, y lo convertían  en un matón, un furibundo bravucón.

Yo vengo a estudiar
Calculaba yo, que Minino estaba en quinto de secundaria, por el respeto que le tenían, por su actitud y por la edad que aparentaba.  Minino dijo en medio del despojo de la secundaria, los desadaptados y separados: ¡yo vengo a estudiar! Mientras Paquera razonaba con un padre de familia con la mirada hacia dentro del colegio, Minino aceleró e ingresó raudo al plantel sin pedirle permiso a nadie, golpeando lo que interfiriese con su objetivo, sin saludar ni brindar explicaciones.

¡Oiga alumno! Dijo Paquera, pero Minino continuó la marcha; ¡oiga señor deténgase a usted le hablo!; Paquera estaba furioso y rabioso, en su mirada se activó el odio y desprecio por los forajidos, su repulsión por los revoltosos; minino se detuvo y giró a medias, calmado con la mirada de bravucón y ceño fruncido: ¡Qué quieres!, contestó; ¡regrese aquí alumno!; minino coronó su actuación; con un gesto despectivo e insurrecto levantó el brazo y dijo: ¡Yo vengo a estudiar carajo! y prosiguió su marcha en pos de unirse con los correctos, los acertados y valiosos del colegio.

Yo estaba con la quijada en el piso, impresionado por lo que acababa de ver, si yo respondía así alguna vez, mi padre me mataba y luego mi madre me remataba, si sobrevivía al castigo sería internado en un penal, aislado y comería afrecho el resto de mi vida.  Minino se perdió en la formación y a Paquera  lo amenazaba un derrame facial, un ojo se le cerraba, su boca estaba chueca y tartamudeaba, les hablaba a otros alumnos incoherencias, era evidente que el descontrol lo había poseído.  No sabía si quedarse o ir tras el vándalo que lo había ridiculizado; sólo recuerdo que ingresamos e hicimos una formación aislada todos los “tardones”, el resto es una historia que desconozco hasta hoy.

Minino sacó patente de crack aquel día y me hice su amigo, hoy es un muy buen tipo, ha hecho la transición de ser un bravucón a ser una persona de provecho, antes no lo fue y vivió al margen de la ley por buen tiempo; su actitud obedecía a los grupos que frecuentaba, y lógicamente peleaban por demostrar quién era el bravucón del barrio.

Saludos amigos y saludos a minino.
Dios los bendiga
Seguimos pronto



sábado, 14 de septiembre de 2013

El Suelo es una flor

Yo no sé porque cuando desperté con mis manos sobre el suelo y sumido en un deleitoso sueño sobre una silvestre loma de Colpacota, vino a mi recuerdo el cuento de Carlos Zavaleta “El suelo es una flor”.

El suelo es una flor es un cuento que inflamaba mi cerebro de signos de interrogación, es que veía el título mas no leía el cuento, pasé así mucho tiempo y mi cerebro cada vez más inflamado de signos y curiosidad no pudo contenerse de quitar la amargura de pensar todo el tiempo: ¿Cómo es el suelo una flor?; así que le ordenó a mis piernas tomar rumbo hacia el cuento, a mis manos cogerlo y a mis ojos leerlo. 

Cada que Vargas Llosa postea una publicación empieza siempre ubicando al lector en el contexto, y casi siempre el de un lejano país cuya cultura nos hace verlo cada vez más lejano; pero yo no tuve que irme a otras latitudes, ni citar apellidos de distinguidas familias europeas, nombres extravagantes o políticas ultraderechistas, beligerantes o fundamentalistas; ¡no!

Yo, con 18 años acabados de cumplir; mi querido, admirado y entrañable cuñado tuvo la gran idea de llevarme a debutar − como lo hacen los hombres quizás diría el, la iniciación dirían los directivos de algún club social – trabajando ni más ni menos a 4560 msnm, en una carretera a la que hoy llamamos binacional, que en aquel tiempo tan solo era un sueño, un proyecto del gobierno que como muchos otros, a unos ilusionaba y a otros les alimentaba el escepticismo.

Cuñado: mamita, me lo llevo, arriba hay trabajo.
Madre: ¡llévatelo, aquí no hace nada!
C: no le va a pasar nada, yo lo voy a cuidar.
M: Si hay trabajo, que vaya.

De esta forma mi sentencia estaba propuesta, aprobada y reglamentada, así que: regístrese, comuníquese y publíquese.

Nos vamos el domingo cuñao, alista tus cosas.  Como siempre fui de los que no arrugan(acobardan) le dije: ¡ya pues!, como el buen machín, y así se inició mis prácticas para ir a las audiciones de “Espartaco II, el retorno”.

El Abordaje

Empresa San Martín, 08:30 pm.
Chofer: No hay pasajes, pero pueden ir en el pasadizo.
Cuñado: Sólo hasta Chilligua mister.
Ch: Ya pe, cinco lucas.
C: Gracias mister.

Mi cuñado era capo para negociar sin irritar a la gente, rumbo a Chilligua sentado sobre el cofre del motor; si el frio era inflexible, el candor era inexorable, el ardor lo mitigaba con el frio piso del pasadizo, lugar en el cual me enfrentaba al hedor, el cual peleaba con el candor del trasero, que amenazaba con un aguijón postrero.  Así me debatía mientras duraban las cinco horas de viaje hasta Chilligua, el frío ya no era reto, si lo eran enfrentar los candores y hedores a ras del pasadizo; los trabajadores y los pobladores tan pintorescos algunos, tan amenazantes los otros, pero yo ya algo curtido por las experiencias y roce con gente obrera y dura en mi niñez, me trataba de adaptar al que sería mi nuevo ámbito de aprendizaje.

El arribo

Al promediar la medianoche hacíamos arribo a Chilligua, ¡qué gusto conocerte Chilligua! Tanto habla mi padre de ti que ya eres tan familiar como Samegua, le dije.

El golpe de frío si era notorio, ni la fortaleza y fanfarronería de mis 18 años pudieron hacerle frente, urgía hallar el asilo o cobijo que haría mi estancia más llevadera, mi protector cedió su camarote y yo olvidé su comodidad, mi frío era siberiano y rogaba por un cofre de motor que peleara con la helada fenomenal, tardé lo que Bolt tardaría en subir 10 escalones para quitarme los borceguíes(botas) y meterme bajo 5 frazadas cuyos tigres estaban abrazados, duras como adobes y heladas como la escarcha.  Pero aún con eso pude conciliar el sueño y a las 6 de la mañana dirigirme al centro de trabajo, en la tolva de un volquete tan helado como la misma escarcha, no sin antes descongelar los borceguíes.

Pasé algunos días de prueba, sin tarjeta que marcar, sin explicaciones que rendir, pero sí algunas órdenes que cumplir; el muy conocido y tan usado “apoyo”, hay que apoyar muchacho, decían en ocasiones.  Para recordarlo mejor; una mañana habían descargado unas calaminas trapezoidales de seis metros de largo y bastantes pesadas, había que trasladarlas a determinada área y las cuadrillas estaban ocupadas, así que sólo quedaba echarle mano a los aspirantes, y éramos dos aquellos; especulo que en la mente del maestro de obra se dibujó el plan perfecto, un jornal completo de dos obreros para sí mismo.

Apoyados en nuestra juventud terminamos el traslado en menos de medio día, contra todo pronóstico, contra todo vaticinio y  todo sentimiento de envidia y celo de las cuadrillas; faltaba hora y media para el almuerzo y decidí subir a una loma a descansar, a 4560 msnm. comprobé que no era de fierro ni tenía 4 pulmones, que oxígeno hay poco allá arriba y que había ido demasiado rápido con el trabajo, sin tardar me recosté sobre lo que pensé pasto y me quedé dormido bajo el sol candoroso como el cofre del bus, arrullado por la frescura de algunas ráfagas de brisa; todos estos factores climáticos y el agotamiento me refundieron en el más profundo y placido sueño.  

Silvestres burros me despertaron, mas el profundo sueño no lo inquietaron, pero sí, me distrajeron y casi me arrullaron para continuar la cita con el coma, parecían decirme: siga hombre que nosotros lo cuidamos, hasta que usted se componga.  Y fue así que persistí en continuar mi coma inducido y permanecí recostado babeando el suelo que ya era una flor, casi al límite con la hora de almuerzo otro evento me despertó, pero a este no pude inducirlo a que me deje; una granizada que parecía decirme ya es hora de almorzar, es así que para reincorporarme me percaté que el suelo era toda una extensión de pequeñísimas, blandas y confortables flores verdes y crecían a ras del suelo, que hicieron de mi sueño uno de los más placenteros que tuve.

Mi experiencia no se parecía ni en los burros al cuento de Carlos Zabaleta, pero mi trajín por Colpacota y Chilligua fueron mi cuento, al que llamé: El Suelo es una flor.

sábado, 22 de junio de 2013

Dignidad

Sé de manera casi perfecta que no puedo esgrimir tan sólo con palabras, y peor aún; con razones y argumentos más que válidos, asuntos que hoy se manejan de una forma distinta, de manera irracional y sesgada, de forma miserable y tendenciosa; donde las honras, dignidades, respetos y honorabilidades han quedado en la más absoluta derrota, con tan sólo el rótulo del quien en vida fue;  estos valores yacen en lo profundo de un mar de podredumbre, mar de miseria, mar de desperdicio; mar el cual nosotros seres humanos, frente a la vorágine de cosechar y cosechar sin sembrar, de arrancar frutos verdes que crecieron sin que los hayamos cuidado y trabajado como se debe; incrementamos.  Esta inmensa masa nauseabunda de antivalores y escasa de razonamiento, mas que para conspirar y destruir,  hoy nos gobierna y nos somete.

El Apoyo
¿A quién vas a apoyar?
En realidad a nadie, yo trabajo − léase bien − con visión de un futuro mejor pensando en todos, porque alguien debió pensar así cuando yo era niño, porque alguien de alguna forma lo hizo; y hoy no puedo mantenerme ajeno a trabajar en pos de ello, en pos de entender que el éxito de nuestros hijos y nietos dependen de lo que hoy se siembre, de cómo hoy se trabaje; las satisfacciones parten desde las necesidades básicas insatisfechas, necesidades que deben cubrirse a como dé lugar.  Yo trabajo y busco personas con similitudes a mis convicciones y principios para poder construir aquello a lo que algunos entienden y se afanan por hacerlo.  Si me agrupo con personas que hablan grosería todo el tiempo, es un hecho que termine hablando como ellos (si es que no me agrupé porque me gustó como hablaban); si me agrupo con ladrones, es un hecho que terminaré robando; si me agrupo con gente que pinta lo malo como justo, es una realidad que terminaré defendiendo aquello que se consigue de formas no muy decentes y con pana y elegancia me rascaré el pecho.

La Portátil
Yo no me permito usar un Facebook trucado y anónimo para lanzar diatribas y falsedades, para atacar con mentiras y derrumbar a otros (sobran las verdades), ofrezco mi trabajo,  mi ingenio, mi poca creatividad para sembrar hoy en tierra casi estéril, aquello que se podría regar y luego sostener.  Ofrezco mi imagen, honorabilidad, respeto y con todo ello mi familia, y con orgullo y sin prejuicio declaro mi adherencia a un movimiento político.  No llamo a las radios con un nombre que no me corresponde, por la sencilla razón de no querer incrementar ese nauseabundo mar de desastres humanos, ¿cuántas veces los hijos habrán visto mentir a sus padres al ofrecer un nombre que no les corresponde?  No estoy equivocado y eso lo tengo seguro, quizás puedan rotularme como soñador, eso sí; pero sueño, anhelo y codicio un distrito donde los niños se enorgullezcan de ver a sus mayores, donde los niños tengan todo aquello que sus autoridades deben darles, todo en el marco del amor, respeto y la DIGNIDAD; − a los niños todo con amor − no como un favor, no como una dádiva; donde los mayores entiendan que su honorabilidad y DIGNIDAD no pueden ser comprados por una promesa falsa hecha con voz estruendosa y ridícula; donde los jóvenes entiendan que de ellos depende el futuro de su hijos, nietos y biznietos, un futuro al que si no le doy la importancia requerida, me recordarán por lo mezquino, egoísta y holgazán que fui, un futuro donde ambicione lo justo y necesario para mí y los míos, y si mis habilidades me permiten mucho más, pues tendré que trabajar en pos de ello cavilando en sus implicancias; adultos mayores que gocen sus años de descanso viendo a sus hijos y nietos y los de otros conseguir lo que se trazan acompañados de una autoridad doliente de sus necesidades y aflicciones.

El Movimiento
El movimiento político DIGNIDAD SAMEGUANA, que lidera el Señor José Flores Vera está integrado por personas que como yo de alguna forma persiguen todo ello, − ¿quién no lo quisiera? – personas que como yo y como todos nos equivocamos, pero condenamos a aquellos que van siempre en pos del error para enriquecerse y con ellos a todo un séquito de ladrones.  Hoy atisbo una pequeña esperanza de que los recursos sean canalizados de tal forma que alcance para todos; grandes, pequeños y chicos, gane quien gane esta pugna electoral; y la verdad es que mucho temo que se enquiste la mentira indolente y orgullosa en mi distrito.  Y así como hoy elevo el nombre de DIGNIDAD SAMEGUANA a la palestra, resalto sus valores y virtudes, resalto a los candidatos y resalto algunas trayectorias; resaltaré también sus desaciertos en caso de llegar a conquistar el anhelado sueño; me enervaré ante la corrupción y la prevaricación, haré llegar con la misma o mayor fuerza mi voz con queja y denuncia si ellos se equivocasen u omitieran acciones a sabiendas de las responsabilidades que implica este tipo de participaciones.

Estimado amigo, intercambia tu voto por promesas tangibles y reales, ¡con resultados para todos!, no hipoteques ni cajees tu DIGNIDAD y con ella la de tu familia entera, para luego trabajar tres meses y quedarte sin nada; sin DIGNIDAD porque al despedirte también la mancillaron, sin trabajo, con el futuro inmediato a la deriva, con necesidades básicas sin cumplirse y con las que te encuentras veinte veces al día, y lo peor; aquel que te prometió el oro y el moro sigue ahí y mofándose de las desgracias del resto de la población, vota consciente y razonando, evalúa la calidad de las personas, la calidad de su familia, sus aficiones, sus aciertos, sus desaciertos, trata de meterte en su pensamiento de acuerdo a como lo ves.

Que nuestro Señor Todopoderoso nos ilumine a todos a la hora de definir quién nos ha de gobernar.

Así dice el Señor:
5«¡Maldito el hombre que confía en el hombre!
    ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza
    y aparta su corazón del Señor!
Será como una zarza en el desierto:
    no se dará cuenta cuando llegue el bien.
Morará en la sequedad del desierto,
    en tierras de sal, donde nadie habita.
»Bendito el hombre que confía en el Señor,
    y pone su confianza en él.
Será como un árbol plantado junto al agua,
    que extiende sus raíces hacia la corriente;
no teme que llegue el calor,
    y sus hojas están siempre verdes.
En época de sequía no se angustia,
    y nunca deja de dar fruto.

Jeremías 17:5-8

Dios los bendiga Amigos
Seguimos pronto.


domingo, 31 de marzo de 2013

Pequeños Invasores


Me quedé por un momento desconectado del mundo, tratando de regresar, volver a conectarme; no había algo en la cola de aduanas que me hiciera retornar a mi estado normal, es uno de esos momentos en los cuales te quedas en blanco del que quieres, y no quieres salir.  Este cometido resultó más difícil al surgir más estímulos para perderme totalmente, pero de lo más placentero se tornó ese momento por que para mi deleite aparecieron como imágenes contrastadas con mi realidad algunos pasajes de mi niñez, venidos desde lo más profundo de mis recuerdos.



La imagen contrastada con los muros era un espacio abierto sin ninguna construcción, mucho papel de cemento que revoloteaba por los aires de rato en rato, el techo con bolsas, papeles de cemento y mucho sol; las ventanas se contrastaban con una tarde de fulbito que se prolongó hasta llegada la noche en la que podía ver el cielo y estrellas desde otra ciudad, supe mucho tiempo después que eran las mismas que veía desde casa; los pasadizos no eran mas que zanjas y accesos de madera para carretillas y lógicamente este espacio estaba lleno de obreros.

Por el año de 1987 mi padre – quien constantemente viajaba por trabajo – en uno de sus arribos de Tacna(Ciudad que yo llamé Nínive por error en el anterior posteo, era Tarsis) nos dejó helados a mí y mi hermano, de la alegría, emoción, ilusión, expectativa y todo aquello que se pueda imaginar al pensar en ir a pasar vacaciones de verano a otra ciudad; si bien es cierto ya habíamos pasado una temporada de verano en Lima con una tía muy querida hasta hoy, pero fue un sufrimiento agónico hasta volver a casa, un calvario, que al fin y al cabo, quedó guardado en nuestras memorias por el hecho de haber podido manejarnos tan pequeños y solos en las noches del Callao.  Así que se hicieron los preparativos, maletitas, bolsitas, mochilitas o lo que sea que hoy no recuerdo.

Ya en Tacna todo hacía presumir que las vacaciones de verano serían geniales, como todas vacaciones y más si son de verano.  Pero primer día, 6:00 a.m.:

¡A levantarse!, a comprar el pan, el otro prepara el café con leche, a tomar desayuno y de inmediato… a trabajar.
 
El camino al trabajo era de 20 minutos, a pura “planchita”, siempre entretenido, viendo cosas nuevas, casas distintas, gente distinta y siempre por el barrio malogrado cerca al estadio, ese si era un reto, pero al cabo de dos días el asunto era distinto, caminábamos junto al viejo, y al viejo lo respetaba todo el mundo.  El trabajo era en una pampa, un arenal donde se construiría un terminal terrestre, en aquellos días jamás imaginamos que sería, ¡ese! terminal terrestre; era el trabajo del papá y punto.

El primer día de trabajo nos presentaron como los hijos del colorao, los coloraditos y nada más que a tratar de pasarla bien, pero; ¿cómo hacerlo en un arenal, en medio de zanjas, madera, cemento, fierros, gente adulta y un viejo capataz gruñón?  Pues ese era un mundo nuevo y sí que estaba lleno de aventuras, de cosas nuevas y nadie tenía que comprarnos un set de herramientas de juguete, teníamos las nuestras asignadas; llámese lampa, pico y carretilla.  Trepábamos por en medio de las zanjas que eran lo suficientemente altas para ocultarnos, no usábamos indumentaria de trabajo, la nuestra era un short y nada más, sin tabas, sin polo, sin bloqueador, si teníamos hambre la señora de la carretilla y sus sabrosos sanguches nos calmaban los alaridos del estómago, si teníamos sueño, – esta si es fantástica – colocábamos una tabla regularmente ancha en el lugar más cómodo, en ambos extremos unos ladrillos que con el peso de nuestros livianos cuerpos de 9 y 7 años aproximadamente hacían de la tabla una hamaca, con una perfecta resistencia, curvatura y elasticidad, nos tapábamos del viento y frio con bolsas de cemento vacías que daban una tremenda calidez, las fijábamos con piedras al suelo para que el viento no nos arrebatasen “las frazadas”, luego del almuerzo y haber retozado toda la mañana era el bungalow perfecto, siempre cercano a uno de los muros que ya se levantaron, para darnos la sombra, también cercanos a la ubicación de Mufasa, los obreros eran sus patas pero no podía confiar a sus dos leoncitos por cualquier lugar, siempre a la vista
.
El vaciado de zanjas era de lo más laborioso y emocionante; trompo con su operador, dos alimentadores, y una fila extensa de carretilleros esperando su turno, era todo un jolgorio y no sólo para nosotros, lo era también para ellos porque en medio de la fila de carretilleros habían dos pequeños calatos y sin tabas con su carretilla, porque zigzagueaban con la carretilla y la carga de un poco de mezcla como llanta reventada y suelta, porque en alguna ocasión uno se fue con carretilla, mezcla y todo a la zanja, éramos una motivación para todos ellos y ellos para nosotros.

¿Pero, qué hacían dos niños en una construcción?
Al parecer esta pregunta se hacía sin encontrar respuesta en el razonar del gruñón capataz Ortiz, y siempre se las ingeniaba para echar a perder las cosas, gracias a los compañeros de la obra siempre terminábamos escapando o escondiéndonos del molestoso viejo de quien en una ocasión, no pudimos huir.  En aquella oportunidad el tipo al parecer nos hizo un reglaje y nos acorraló, nos mandó al kiosco de un carajo con voz aguda y aguardentosa, que para nosotros significaba un trauma severo con shock postraumático, al menos para los 10 minutos siguientes.  El capataz Ortiz era un señor amargado, no era necesario ser un adulto para discernirlo y como tal en la obra todos lo aguantaban mofándose de sus exigencias.

El día que el maestro Ortiz nos encontró con bugui y lampa en mano renegó: ¡de quién son estos críos! y todos respondieron casi al unísono: ¡son míos!.  No pudo hacer nada el amargado viejo y desde ahí desencadenó su futuro un tanto sombrío, al menos ese fue mi análisis literario de los sucesos.  Un sábado de media jornada, quedamos − ¿quedamos dije?, − en jugar un partidito en la pampa del lado, arena desértica, mezclada con otros materiales, arena riquísima para los pies y las revolcadas; había algo que el maestro Ricardo compartía con toda la cuadrilla, el retozo en la arena correteando a la pelota, pero en medio de fieras siempre hay rencillas, aquella tarde uno de los obreros no se aguantó más las majaderías del viejo Ortiz y lo noqueó luego de un cabezazo y algunos golpes.  El maestro Ortiz volvió a la obra el lunes, mas no quien lo dejó sin título del Consejo Mundial de Boxeo, para nosotros fue un evento pugilístico connotado, prestigioso; uno de nuestros colaboradores se iba a fajar con el maestro Ortiz, el cancerbero, el grosero y necio Ortiz.

Los fines de semana eran de playa obligatoriamente, boca del río y en el mejor de los casos, Vila Vila, genial, maravillosa y deliciosa caleta.  La que puedo dibujar en mi mente ahora, puedo realizar una animación sorprendente en base a recuerdos: termino mi pescado frito y con las manos pegajosas, con sabor a ajo y pescado, bajo de la silla donde mis pies cuelgan, camino por las rocas y piedras redondeadas hacia la pequeña ensenada, poco a poco empiezo a hundirme y puedo bucear, salgo y termino al lado de un bote de pescadores que me alientan a subir.  Este maravilloso mundo de mar, sol y pescado frito hacen que ame el verano y todas sus implicancias.

Todo este relato voló por mi mente en dos minutos y mientras tomaba mi posición en la cola de aduanas, aún adormecido por los recuerdos y la regresión auto infringida, me digo: ¿Si yo fui dueño de este terminal?, ¿Qué  hago haciendo cola?.

Dios los bendiga amigos
Seguimos pronto.