lunes, 16 de noviembre de 2015

Mila

Hace poco menos de dos meses transitaba como de costumbre por las vías de mi querida Samegua, iba de urgencia con varios asuntos pendientes que no daban lugar a dudas en cuanto a regalar el tiempo en quehaceres improductivos; pero hay otros que son ni productivos, mucho menos improductivos; eso sí, son reconfortantes, son animosos, fortalecedores, alientan, exhortan, consuelan, estimulan y mil cosas más.

Mientras el reloj casi cerraba la jornada laboral bajaba por la Av. Andrés A. Caceres por el sector de la subida al colegio Santa Fortunata y observé el escenario que no me gusta observar; un can afligido, asustado, adolorido, rengo, enfermo y con un aspecto fatal pedía auxilio con la mirada a los escasos transeúntes, buscaba una mirada de consuelo o condolencia para consigo, quizás en algún auto particular, en una combi, ¡O mejor! que sus dueños pasaran y la salvaran.  Nunca sufrí un accidente automovilístico, no sé qué se siente, ella si lo sabía, lo acababa de sufrir y se arrastraba por un destino mejor, por evitar la muerte, por evitar que algún automovilista despistado o descuidado la remate, o alguno se apiade y la retire de ese camino que sólo la llevaba a su calvario y la muerte.

Sólo dos segundos, realmente dos segundos me tomó renunciar a todo lo planeado y así frenar y poner retro para recoger a ese ser viviente que sufría.  Hice un par de llamadas y separé cama y médico, al llegar al centro médico la Dra. dijo que tenía un severo golpe en la cadera y tenía muy comprometida la columna, que quizás no volvería a usar sus patas traseras, todo pronóstico era negativo, tenía una tremenda herida en la frente producto de su impacto con el asfalto, era penosa su situación y su recuperación sólo dependía de ella y sobretodo del altísimo.


Como habrán podido ver en mi muro de Facebook, ella logró recuperarse y caminar con cierta dificultad pero contra todo pronóstico pudo caminar y desenvolverse.  Antes de salir de su internamiento anduve buscando a sus dueños durante dos días, bajo el sol, tocando puertas de casas fantasmales, cuyos dueños no aparecen mas que al mes, preguntando hasta a los perros callejeros si la habían visto, caminando con niños aventureros que se compraron mi pleito en busca del dueño.… y nada.  Hace casi un mes desistí del cometido de buscar a los dueños y también resigné la adopción, reconocí que a la gente le gusta pagar para conseguir amigos, sobretodo de los leales y fieles hasta la muerte.  Y mientras tanto la cuenta de la clínica seguía subiendo y no me quedó remedio: Mi casa.  

Lloraba de día y de noche, no comía galletas, ni la más costosa; no comía comida de casa, su aspecto me decía que iba en camino a la anorexia y era preocupante, todo me hacía pensar que no quería vivir, de pronto empezó a comer, a dejar de llorar, a buscarnos por todas partes, a recostarse a los pies, y hacer lo que haces cuando quieres entrar a la collera, ser parte del grupo, que te acepten.  Eso sí que me alegraba y en sobremanera, era muy obediente, increíblemente obediente, podía entender una mirada de disconformidad e irse a su lugar, podía interpretar un gesto de rechazo por alguna conducta o reacción e irse, sin antes volver la mirada para ver si había sido perdonada; toda orden era recibida y acatada, lo entendía todo, ¡Increíble sus capacidades!

Mila, como fue bautizada, volvió a mostrar falta de apetito y mi madre – de gran labor, todo lo que tiene que ver con comida lo hizo ella – se quejó conmigo y no me quedó remedio: Domingo 16 de noviembre por la tarde, salí nuevamente a buscar a sus dueños.

Lo mejor viene luego…


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