Hace poco menos de dos meses transitaba como de costumbre por las vías de mi querida Samegua, iba de urgencia con varios asuntos pendientes que no daban lugar a dudas en cuanto a regalar el tiempo en quehaceres improductivos; pero hay otros que son ni productivos, mucho menos improductivos; eso sí, son reconfortantes, son animosos, fortalecedores, alientan, exhortan, consuelan, estimulan y mil cosas más.
Mientras el reloj casi cerraba la jornada laboral bajaba por la Av. Andrés A. Caceres por el sector de la subida al colegio Santa Fortunata y observé el escenario que no me gusta observar; un can afligido, asustado, adolorido, rengo, enfermo y con un aspecto fatal pedía auxilio con la mirada a los escasos transeúntes, buscaba una mirada de consuelo o condolencia para consigo, quizás en algún auto particular, en una combi, ¡O mejor! que sus dueños pasaran y la salvaran. Nunca sufrí un accidente automovilístico, no sé qué se siente, ella si lo sabía, lo acababa de sufrir y se arrastraba por un destino mejor, por evitar la muerte, por evitar que algún automovilista despistado o descuidado la remate, o alguno se apiade y la retire de ese camino que sólo la llevaba a su calvario y la muerte.
Sólo dos segundos, realmente dos segundos me tomó renunciar a todo lo planeado y así frenar y poner retro para recoger a ese ser viviente que sufría. Hice un par de llamadas y separé cama y médico, al llegar al centro médico la Dra. dijo que tenía un severo golpe en la cadera y tenía muy comprometida la columna, que quizás no volvería a usar sus patas traseras, todo pronóstico era negativo, tenía una tremenda herida en la frente producto de su impacto con el asfalto, era penosa su situación y su recuperación sólo dependía de ella y sobretodo del altísimo.
Como habrán podido ver en mi muro de Facebook, ella logró recuperarse y caminar con cierta dificultad pero contra todo pronóstico pudo caminar y desenvolverse. Antes de salir de su internamiento anduve buscando a sus dueños durante dos días, bajo el sol, tocando puertas de casas fantasmales, cuyos dueños no aparecen mas que al mes, preguntando hasta a los perros callejeros si la habían visto, caminando con niños aventureros que se compraron mi pleito en busca del dueño.… y nada. Hace casi un mes desistí del cometido de buscar a los dueños y también resigné la adopción, reconocí que a la gente le gusta pagar para conseguir amigos, sobretodo de los leales y fieles hasta la muerte. Y mientras tanto la cuenta de la clínica seguía subiendo y no me quedó remedio: Mi casa.
Lloraba de día y de noche, no comía galletas, ni la más costosa; no comía comida de casa, su aspecto me decía que iba en camino a la anorexia y era preocupante, todo me hacía pensar que no quería vivir, de pronto empezó a comer, a dejar de llorar, a buscarnos por todas partes, a recostarse a los pies, y hacer lo que haces cuando quieres entrar a la collera, ser parte del grupo, que te acepten. Eso sí que me alegraba y en sobremanera, era muy obediente, increíblemente obediente, podía entender una mirada de disconformidad e irse a su lugar, podía interpretar un gesto de rechazo por alguna conducta o reacción e irse, sin antes volver la mirada para ver si había sido perdonada; toda orden era recibida y acatada, lo entendía todo, ¡Increíble sus capacidades!
Mila, como fue bautizada, volvió a mostrar falta de apetito y mi madre – de gran labor, todo lo que tiene que ver con comida lo hizo ella – se quejó conmigo y no me quedó remedio: Domingo 16 de noviembre por la tarde, salí nuevamente a buscar a sus dueños.
Lo mejor viene luego…

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor se pertinente y objetivo, mantén los principios del respeto en cada una de tus intervenciones, gracias.