domingo, 15 de junio de 2014

El Jovenzuelo y las camisetas

Transcurría el año mil novecientos ochenta y no recuerdo que más, era yo niño aún, quizá 8 o 9 años; lo que si recuerdo, es que una mañana dominguera, golpe de ocho sonó la puerta y abrí, era un jovenzuelo medio palomilla y pelotero, así lo veía yo; era el delegado de un equipo de barrio y tenía un tablero con hojas en las manos.  Me preguntó si quería jugar para el mejor equipo de aquellos tiempos, el Olimpia.  Este equipo tenía equipos en todas las categorías, en todas las disciplinas ofertadas en los campeonatos organizados por la Municipalidad, aquellos tiempos sí había capacidad de gestión y hermandad, la rivalidad sólo se evidenciaba en el campo de juego; tiempos geniales.  Mi respuesta fue inmediata, ¡Sí! Dije, y se llenaron los formularios para mi realizar mi contrato y posterior firma.  Yo jugaría en los calichines del Olimpia, era el capitán y luego de algunas fechas y partidos, resultamos campeones, se programó la clausura del evento con entrega de trofeos, premios (uniformes), reconocimientos (diplomas), menciones honrosas, bromas y comida; todo enmarcado en la camaradería y la fraternidad.

A los calichines el delegado nos dijo: “deben estar a las 9 de la mañana para la clausura, ahí les daremos sus camisetas”.

Puntuales aparecimos, e hicimos la formación obligatoria desde las nueve de la mañana; lo que no hubo en aquel tiempo fue coordinación y puntualidad, y la ceremonia de clausura empezó a las 3 de la tarde, lo único que nos mantenía parados en la desgraciada clausura eran las camisetas que nos prometieron.

Cuando la ceremonia concluyó, yo sospechaba que sería víctima de una estafa, la tarde fallecía y el ocaso hacía su aparición pintando todo color mandarina; me acerqué al delegado y le pregunté por las camisetas que nos prometió y se la pasó dando evasivas, la noche llegó y las evasivas eran frecuentes.  Ya dado mi cansancio y hambre, el susto por lo que esperaba en casa, decidí volver, con un nudo en la garganta que terminó reventando al llegar a casa, mi llanto inconsolable e imparable no me dejaba, mi madre lo supo y se indignó, luego mi padre lo supo y peor.  Ahora viene lo mejor.

¡Ahhhhh No! ¡Esto no se queda así! Salió de casa ya de noche y yo no dejaba de llorar, de contarle a mi vieja linda lo que había ocurrido, la estafa de la que habíamos sido víctimas, la exigencia para que permaneciéramos ahí, la promesa de las camisetas, el premio nos correspondía por ser campeones; el llanto de impotencia por la injusticia y el honor mancillado.  A mí no me importaba que ocurriría con el delegado, lo que sí sabía es que mi viejo cobraría y bien el agravio, que en cuanto retornase, mi llanto estaría vengado y no habría porqué llorar más, incluso suponía que traería todas las camisetas del equipo y las podríamos repartir con los calichines del Olimpia.  Un sinfín de conjeturas tejía, todas se despejaron cuando volvió y calmado conversó con mi mamá.

Yo no sé qué hizo, tampoco se lo pregunté alguna vez, pero si sé que antes de El Hombre de la Atlántida, de Increíble Hulk (Lou Ferrigno), Matt Houston y una serie de personajes; estaba mi papá, el sí era un héroe de verdad, él era un capo y supo hacer lo que todo padre debe, ganarse el respeto y admiración de sus hijos.

Deseo que hayan pasado un día fenómeno amigos padres, les deseo lo mejor.

Dios los bendiga.
Seguimos pronto.



lunes, 10 de marzo de 2014

El Chico encontró su casa.

Como en la parábola del buen samaritano; apareció postrado y lloroso, accidentado y adolorido, la esperanza y el buen trato no era algo que veía venir, era casi imposible que lo ayudasen, incluso pensando que sus amos pasaron una y otra vez, y no lo auxiliaron, la gente sólo atinaba a decir seguramente: “pobrecito”.  ¡Qué difícil situación!, verte en tremenda dificultad y que nadie se apiade de ti.

A Chico da Silva − nombre con el que se le bautizó por su tamaño – se le pudo ayudar luego de aproximadamente 8 horas, según los testimonios recogidos, tres días atrás había estado por la avenida, por el sector del cuartel; otro testimonio dio cuenta que lo oyó llorar y quejarse en las noches por sus llagas, sus lesiones, su invalidez y las noches frías de agosto seguramente, hasta que pudo ponerse visible y gracias a Dios; ser socorrido luego de quizás... cuatro a cinco días.

Chico fue socorrido, atendido, se le dio tratamiento, cobijo, medicina, comida, agua y sobretodo mucho afecto, así nos recuperamos todos.  Luego de dos meses de absoluto cuidado fue dado en adopción a una familia muy notable y distinguida, quienes ya lo habían pedido.  Así que se tejió el plan de traslado y una mañana dominguera, a su nuevo amo fue entregado.

Con decir que a Chico lo trataron como a un caballero de la mesa redonda resulta absurdo.  Para empezar se sumaba a otros 6 caballeros guardianes de buena casta y como habitantes de un fundo, guerreros como un espartano; los espartanos no lo recibieron bien por el conocido celo que guardan los canes cuando llega un extraño, pero Chico ni se inmutó, estaba más tranquilo que Alan ante la Megacomisión, casi se burlaba; hasta que roncó como nunca lo oí durante los dos meses que lo tuve.  Para mí fue suficiente, para los espartanos no lo sé; realmente me llenó de orgullo tal vozarrón.

A Chico lo separaron para evitar pleitos y disputas que podrían terminar en un hecho de sangre, vivió muy acomodado y comiendo distinto al resto, lo mejor de lo mejor, con atenciones y cuidados que seguramente un espartano no gozaría.  Vivió a cuerpo de rey.

Con el correr de los días Chico terminó haciéndose dueño del fundo, roncaba a todos y sus ladridos retumbaban las paredes de la casa, no caminaba con la manada, pedía comida distinta, cama distinta y hasta empezó a escaparse y las quejas empezaron a llegar.  “Norben: el Chico se escapa y viene cuando quiere”; hasta que llegó una que me preocupó; “Chico no vino a dormir”. Chico ya no volvió luego de esa queja.

Una tarde, la dama distinguida, dueña del fundo caminaba por las calles de Samegua y lo divisó durmiendo en la vereda de una vivienda.  Lo llamó y Chico se reincorporó, se mostró muy feliz y muy agradecido, no dejaba de dar brincos y mostrar su alegría para quien lo había recibido y atendido.  Una vez enterado de su paradero, me aproximé al domicilio para explicar lo ocurrido con Chico y toda su peripecia, − creo que podría concursar con Ulises y su Odisea – cuando chico me vio desde el techo donde se encontraba, bajó raudo, llamé a la puerta y una señorita amable me atendió, − Chico cuyo nombre original era Bolo − al ver que Chico salía decidido y entusiasta se atemorizó, pero mi tranquilidad la hizo sospechar, hasta que el buen perro se lanzó sobre mí y no dejaba de mostrar evidentes muestras de felicidad y gratitud.  La señorita supo así, quién era yo.

Dejé muy claro que mi intención no era cobrar ni pedir retribuciones por los cuidados, tan sólo que sepan lo que pasó su mascota, pero esto si me asombró.  Si mi perro vuelve luego de tres meses a casa, casi me pongo como él, pero a ellos al parecer no les importaba y tampoco a Chico, para Chico, eran sus amos y nadie más.  Chico dormía en el techo o en la vereda de las calle, la dueña se quejó de los pelos que botaba y si lo primero que me da es una queja, el resto no quiero saber.


Creo con firmeza, desilusión y decepción que habría de ser uno perro para entender el concepto de lealtad, compromiso y amor fraternal que Chico o Bolo mostró a esta familia que de todo ello estoy seguro saben poco.  A mí no deja de mostrármelo, cada vez que lo encuentro por la calle, se asegura de acompañarme, porque nada debe pasarme; un espartano como él, no descuida a un miembro de su cuartel.

Dios los Bendiga amigos
Seguimos pronto

miércoles, 12 de febrero de 2014

El viejo y el mar, y el novato

Al mar hay que respetarlo, eeeeesta gente no sabe pe, qué va a saber, no han visto una ola de 300 metros, estas “olitas”, si hasta con eso se asustanAlgo fatigado por la caminata llego a mi destino; suelto la mochila, la bolsa y lo preparo todo.  El cordel, los anzuelos, la araña, la carnada colgada en la correa ¿y unas ganas de picar algo?  Lanzo el cordel con tres anzuelos, y a esperar nomás.  Me han malograo el día estos norteños que han dejao su línea anclada, son ¡viiiiivos! pe, pa’ que no lance aquí, si no mi línea se enreda con ese cordel grueso, es que ayer un weón ha sacao un sargo asisote(gesto con las manos) y eeeestos pe lo han visto, por eso han anclao su cordel aquí.  Pucha no agarra oe, que voy hacer, los han espantao, ¡aquí no hay nada caraj!, pero ya estoy acá, mejor lanzo de nuevo.  ¡Ya era hora caraj!  Algo ha picao, jala, jala, jala oe(se dice así mismo) pucha, ta que bien oe, este ta regular nomás y casi me voy, mira pe, tengo que lanzar al toque nomás; ¡es una caballa!; sí,  al toque debo lanzar otro. – al rato − Pucha creo que este estaba de visita nomás, no pica nada; ¿Quién será ese que viene allá? Debe ser uno de los norteños que han dejao su hilo, mejor recojo pa no pelearme.
 
Una sombra lejana mezclada con la brisa gruesa y tupida aparece en el firmamento de la playa, el candor de la arena la hace flamear y parecer un espejismo; la franja costera ofrece la sombra de un individuo asomando a los lejos, una silueta amenazante a la tranquila jornada del cordelero.

Le haré una seña amistosa pa probarlo y trabajarlo, ¿vas a cordelear? (seña con las manos), de lo que sí estoy seguro es que no es de los norteños que se han afincado en la playa, tiene pinta de buena gente, ¡pero si es un muchacho nomás! ¡Hola como estás!, ¿vas a cordelear? – ¡Si!  (responde fuerte el visitante) – ¿y has traído carnada? – Solo esto – ¿sólo con ese muymuy?, pero aquí abajito hay, buscas nomas.  Parece nuevo este pata oe, me digo.  ¿A ver qué has traído?, esa mochila no es de cordelero, eeeeste pata es nuevo oe me digo nuevamente, o qué diablos hará acá.  Aguanta, tienes buen cordel oe, este es de 70, con sacavueltas, puuucha pero ese anzuelo ‘ta malo oe, no es bueno pe, − aquí tengo otros jefe, son más chicos eso sí, y ya están armados – aaaasu oe, ese si ta buenazo, eeeeste es tipo español, buen gancho tiene, con esto si pica hasta sargo; ya, ya, ya, prepáralo y lanza, − Señor, soy novato, novataso y estoy probando – lo sabía, se notaba(me digo), ya pe, así vas a lanzar; esssssta araña ta buenaza oe, pesa; yo con piedra nomás, mientras pese es mejor.  Hazte pa’ tras, más lejitos, más, más.  Giras, giras y giras… y lanzas, ¿ves?, lejos ha entrao, ahora tienes que tener así el hilo, en el dedo pa’ sentir cuando muerde, al toque jalas pa engancharlo al desgraciao, luego jalas rapidito, no le des tiempo de acomodarse.  Ya, párate por esa peña y echa por allá.

Este pata no va a pescar nada así, además no hay nada… mejor nos vamos pal otro lao, le diré.  ¡Oe, aca no hay nada, recoge nomás, no hay nada, estos pe la han cagao todo, ¿mira ve? No dejan pe, eeeestos lo han malograo todo con su cordel, siempre ponen así, el weón que ayer sacó el sargo grandazo lo ha debido guardar calladito, mira allá, esas chozas, ¿ya ves? mira esas mantas, acá vienen en la noche, no son de acá, son norteños y sólo vienen a dormir y en la noche también pescan.

El Mar
Al mar hay que respetarlo, mira como tiene fuerza, con toda esa fuerza ha lavao estos cerros, mira esta arena son pedazos de roca y conchas que el mar lo ha molido, fueeeerte es pe; tremendas rocas mira como las ha tumbao, antes el mar estaba hasta aqueeeellos cerros de allá, hasta Tacna estaba el mar, hasta el Cerro Baúl estaba el mar, ¿conoces el Cerro Baúl?... yo era chacarero; mi hermano si era pescador y del mar yo no sabía nada.  Mi viejo era pescador de red pe, eeese viejo si sabía.  Hasta que me vine del tambo pa’ acá y aprendí y ahora lo respeto al mar, mi viejo me contaba pe que la gente hasta se moría cuando veían las olas de 300 metros, se asustaban ¡y pa atrás se iban!, ¡de verdad! Eeestas olitas pe, ¿qué son? Y cuando entran al mar se asustan porque se mueve un poco más, cuando se pica el mar ¿Cómo sabe que he entrao? Se dicen oe, el mar tiene ojos, ¡haaartos ojos! ¿Mira ve? Desde adentro te está mirando, sabe pe, sólo le falta hablar, la gente cojuda no sabe que el mar los mira y que vive, ¡tiene vida! Mira pe cuantos ojos, ven, ven, acércate pa’ que veas, mira cuántos ojos.  Por eso al mar hay que respetarlo, hay que temerle, siempre hay que estar viéndolo, no le des la espalda, mira ese weón con su perro, ni lo mira; se confía este.
¡Señora al mar hay que respetarlo! −¿Perdón? − Al mar hay que respetarlo, siempre hay que tener cuidado.

..... 


Luego de hacer un par de gestiones en Ilo, tengo la tarde libre y enrumbo a la playa, verano es verano; reemplazo el peloteo, el sudor descomunal, la deshidratación, el esfuerzo físico de correr tras una pelota; por ir a probar mis cordeles, uno de ellos me lo preparó y obsequió mi amigo Don René, así que ese lo tendré en reserva.  Tras dejar el carro en resguardo – espero que así sea – emprendo la caminata hacia donde la vista no alcanza, donde tu mirada se pierde o confunde junto al volar de la aves, ¡ahí voy a ir! Dejo atrás a familias, niños, raquetas, pelotas de todo tamaño, color y sabor, parejas y hasta tramposos que por ser martes y tener una vasta extensión de playa no habitada, pasean como si fuesen los intérpretes de La Laguna Azul, soy una tumba, no diré nada.  Cuando llego luego de varios minutos de camino veo a la distancia la silueta de un cordelero al borde de la peña, ojala no sea hostil o piense lo mismo de mí, y espero sacarle algo de provecho e información.

Su apariencia estrafalaria me pone dubitativo por unos segundos, porque ciertamente parece algo loco; pantalón de dril azul de aquellos que dan en la mina, “lleno de remiendos y ni una puntada”, la pretina repotenciada por una pretina de jean; una amplia y vigorosa correa que sostiene algunos pertrechos de cordelero, una casaca cortaviento que no sé qué corta porque está rasgada; gafas de operador de maquinaria más rayadas que la mesa de un zapatero; pero su sombrero si me gusta, aunque viejo… me gusta.  Me hace una seña con las manos indicándome si voy a cordelear y le respondo que sí con un movimiento de cabeza, me acerco y se muestra como si me conociese de toda la vida, me saluda y le respondo con la misma y más calidez, me comenta de unos norteños que no tienen casa en Ilo y durante el día se recursean en el puerto, pero dejan gruesas líneas(cordeles) ancladas o amarradas al cerro con un señuelo de plástico y se pierde en el mar y que indica que ahí está su hilo y es mejor no pescar; ellos vienen a las 5 de la tarde y terminan su jornada aquí, sus chozas se ven a la distancia, como madrigueras hechas de palos viejos, cubiertas con telas parchadas, que les sirve de tienda de campaña.  Me pide que le muestre lo que traigo y saco el cordel que compré hace un año, uno número 50, pero está piezado en el extremo con uno número 70, muestra respeto y admiración por el sacavueltas que le instaló mi amigo Don René, pero respeto como admiración se vienen abajo cuando ve los anzuelos, su escaza calidad lo hace dudar de mi experiencia y le digo que tengo otros anzuelos para poner; cuando le muestro los anzuelos, el respeto y admiración se reincorporan de la peña donde yacían. 

Cuando le indico que soy nuevo en esto se muestra muy llano a darme las pautas necesarias y sí que sabe el viejo, debe tener unos 65 a 70 me digo, me enseña a preparar la araña y cómo lanzar el cordel bien lejos; a sostener el hilo y esperar que algo pique, cómo jalar el cordel cuando haya mordido algo, así que listo y presto recibo el cordel ya a la espera de mi primer pez.

Al cabo de un par de horas me avisa desde unos metros con señales que no hay nada, que debemos recoger y buscar un nuevo lugar al otro extremo, así que obedezco y recogemos las cosas.  Mientras avanzamos empieza a hablarme del mar, de los norteños que lo han malogrado todo con sus hilos y que no dejan pescar nada, que ayer un pata pescó un “sargaso” y tiró pana, lo vieron y se aseguraron la zona, por eso los cordeles, debió haberlo guardado calladito, le digo − ¡si pe oe!  − me contesta, me comenta de la ola de 300 metros que antes había, que la gente se moría al verla; desde aquí ya tengo la presunción que el tío está loco.  Expresa una admiración y respeto desmesurado por el mar y sus atributos, por la olas, por su voz, el cree que tiene vida y hasta que razona; que el mar llegaba hasta Tacna y Moquegua.  Toda la caminata de retorno es un monólogo, su versiones repetitivas que el mar tiene ojos, y que se muestran en la espuma; que cada burbuja son los ojos del mar me hacen pensar cada vez más que lo que yo encontré es un loco del mar, pero me hacen entumecer, sus versiones, me hacen caminar adormilado sobre la arena y me invade una impresión apasionante.  − Mira ve – dice, los ojos del mar y me lleva a ver los ojos; la gente piensa que el mar se aquieta cuando ellos están fuera y que se embravece cuando entran, − ¿cómo sabe cuando entro? dicen ellos – el adormecimiento me acompaña y hasta empiezo a revisar nuevamente con carácter científico el tema del mar y sus ojos.  ¿Y si de verdad nos contempla? Porque sí embravece cuando entro me digo; la gente no respeta al mar dice; fíjate ese hombre contempla a su perro pero le da la espalda al mar,  − más weón – me dice, mientras nos acercamos a una pareja de mediana edad, insiste en la versión del mar y sus ojos; hasta que me despierta un cañonazo lanzado desde una embarcación para pescar lenguado, y recuerdo que poco tiempo me queda para hacer mi circuito de ejercicios y volver para cumplir con mis compromisos.  El hombre le habla a la señora y le dice que debe tener cuidado con el mar, y ahí sí creo que el hombre está loco; no la conoce y le habla con tanta normalidad y se atreve a acercarse y darle pautas acerca del mar y sus olas de 300 metros.  Yo continúo y me alejo, lo espero a cierta distancia para agradecer sus consejos y su actitud tan amable que me refundió en el pensamiento de un loco del mar.

¡Cuál es su nombre señor! Deslizo la pregunta que debí formular en el inicio, pero lo hago en el epílogo; Eduardo me dice, se quita los lentes para identificarse como tal y sus ojos celestes y gastados por la brisa me saludan e impresionan.  Yo me llamo Norben; mucho gusto muchacho, cambia de anzuelos, pon unos número 12, me dice; espero que lo vuelva a ver, estaré por la fundición pronto le dije; se aleja haciendo señas de cómo lanzar correctamente, e indica nuevamente el número 12.