Aún me queda una fila extensa por recorrer, y al cabo de las 8:10 de la noche, el día para qué narrarlo, sólo aviva el carbón que con mucho esfuerzo trato de mitigar, sólo esgrimí con la más atrincherada e incontrolable furia las insatisfacciones del día, la gente muy esforzada por maltratar mi paciencia; las encontré por todas partes y en muchas circunstancias, quizás al puro estilo de Jonás quise evitar ir a Nínive, mas si escapar a Tarsis, así acabar con la amargura del mandato de vivir con todo esto y aquí.
Literalmente empiezo calentándome (frase que siempre emplea el viejo), porque con nuestro sol y un encuentro de fulbito contra los policías que me fue muy esquivo en todos los sentidos arranqué, además de haber sido citado para temprano y pasarme como en hospital del seguro limeño esperando por el médico, la impuntualidad campea y oronda se pasea acompañando a todo el mundo.
Sin más remedio cargo mi derrota y broncas con algunos elementos policiales, que estoy seguro se la cobrarán; planeando dejar la ciudad y ver cosas nuevas, además de cumplir con quehaceres con los cuales me comprometí y debo cumplirlos, “hasta quemar el último cartucho”; abordo la misión de encaminarme al mugroso terminal y cruzar miradas y palabras con cuanto mentiroso y patán transportista se me abalance, no puedo asociarlos a la imagen de aves de rapiña, ya que esto me convertiría en carroña o presa sabrosa, y muchas cosas puedo ser, menos presa fácil. Pretendo no haberlos visto siempre que hago intersecciones con ellos al caminar por aquel lugar, pero hoy es inevitable, y pregunto ingenuamente, ¿Y a qué hora sales?, y arremeten con el tsunami de mentiras: “contigo nos vamos”, “falta uno”, “al toque nomás”; y como para mi el tiempo es dinero, abordo el que menos me mienta, o al que su vehículo le permita mentir menos. 13:30, no hay mejor hora para viajar a Tarsis, sol perfecto, carro sin aire acondicionado, pasajeros infelices − ¿pero por qué?, si nos vamos a Tarsis –, el chofer inmundo y con pinta de patán quien ni corto ni perezoso ya me adelantó su tarifa usurera y tramposa, 25 luquitas, −es fin de semana pe primo− nadie le cree, la cuestión es simple, pocos piensan en el resto, sólo aprovecharse de su descaro y la malentendida libre ley de la oferta y demanda, además de su empresa, Pirata Tours S.A., gala que hizo él mismo al ufanarse ante la pregunta de otro pasajero inocente que trata de ganarse su confianza, realmente tiene pinta de malograo, pero lo que yo creo es que los malogrados no se ufanan de serlo, simplemente hacen honor a sus reputaciones y alias sin tener que promocionarlo a cuanto incauto pregunte, miran, acechan y atacan… colorín colorado, el incauto está desgraciado, al fin y al cabo me desgració, se llevó 5 luquitas más.
Tras casi un par de horas, estaciono y bajo como el pescador que no vio puerto tres meses, ¡Al fin!, me digo, hago el pago, no sin dejarle una nota: “este acto a alguien se lo vas a pagar, por que la usura siempre encuentra a otra”. En medio del calor, me salió una de Séneca. No me felicito, fue a parar en un saco roto, a una letrina.
Ya en Tarsis, osea zona franca y listo para arrancar con la misión creo estar libre de todo, es otro aire y otra gente, pienso que todo me va a salir bien, y como a todo lugar al que voy uso la frase que dejó el viejo, arranco de aquí para allá y la paso bien.
En el mercadito donde me despachan amables señoras que son expertas en transar y negociar con delincuentes y malograos, espero hallar el soñado artículo que me fue robado y de mala forma debo reemplazarlo, nada menos que comprando robado o sabré de que forma, quien sabe sea el mío, ni modo, alguien me desgració.
Acabadas las mesas de diálogo con los amantes de lo ajeno, y el resultado exitoso para mis intereses, me hallo haciendo cola para realizar un procedimiento desafortunado y obligado para no verme en problemas y en encuentros desagradables con otros facinerosos, los aduaneros. La famosa declaración era algo esquivo e inerte para mí, siempre pude esconderme y por consiguiente burlarlo, pero ya desde un tiempo atrás, prefiero caminar como un ciudadano decente y honorable – mi visita a la cachina no me hizo muy decente −, así evito confrontaciones con mi carácter y el resto.
Pero en esta cola reflexiono con impavidez y orgullo ante el dejavu que percibo; ¡Yo estuve aquí antes!, ¡sí! Lo estuve, me digo con cierta alegría que termina en un chispazo alegrándome, porque vienen a mi memoria momentos grandiosos.
Hablamos de ellos pronto.
Dios los bendiga.