¿Quién podría
imaginar que un terremoto traería tantas satisfacciones consigo? No creo que ocurra
siempre y a nadie le gusta vivir un terremoto, pero yo lo viví y me da placer
contarles acerca de las cosas que pasé luego del desastre.
Por junio del año
2001 me encontraba retozando feliz en mi casa luego de un almuerzo de fin de
semana. No puede haber algo más rico en una familia bendecida por Dios que una
buena mesa de almuerzo. Así fue pero
lástima que dio las 3:21 de la tarde y empezó todo lo que uds. Amigos moqueguanos
ya recordarán.
Aquel tiempo era bastante
complicado dado que el mundo laboral me ofrecía pocas oportunidades sumado a la
dejadez del tipo inmaduro que fuí en aquel entonces, que fatal combinación:
poca oportunidad y dejadez. Por aquel
tiempo tuve una novia que de manera muy sutil, cualidad resaltante en las chicas;
me indicaba que debía trabajar, debía conseguir algo y pronto, ¿no estás
preocupado? -preguntaba en ocasiones- hoy lo recuerdo con mucha gracia. Lo cierto es que todo indicaba que apuntaba a
ser un bueno para nada si es que no te ponías a razonar conmigo acerca de mis
inquietudes, es cierto que el asunto era difícil pero pude haberle puesto más
empeño.
Pero el posteo va
en función a uno de los placeres más maravillosos de los que puedo gozar
gracias a las bendiciones de nuestro Dios: La comida. Mi deleite por la comida viene de tiempos, me
gustaría decir inmemorables; pero ya que mi vida no es tan extensa sólo atinaré
a decir que en mi corta existencia he gozado de cada potaje que me han
presentado.
El terremoto fue quien
me encausó a llegar a probar cada sazón, mano y amor para preparar el alimento,
el único sentimiento generado en el estómago que cobra vida y le ordena al
cerebro hacer lo inimaginable por saciar esa sensación y más aún en momentos
tan tristes como el de aquel tiempo.
La bendición vino
por partida doble ya que el empleo era algo ajeno a mi vida desde hacía buen
tiempo, así que empecé con el trabajo, el mismo que tocó a mi puerta y se
ofreció. Tan fresco yo pedí una
oportunidad que valió la alegría de uno de mis hermanos que se encontraba como
yo, sin chamba. Al final de ese día
ambos teníamos una ocupación sin saber cuánto sería la retribución pero valió
el gesto de mi amigo Martín que desde lejos siempre veló por el bienestar
nuestro.
El contacto con
una ONG que iba a construir módulos a familias en extrema pobreza y afectadas
por el terremoto significó para mí una oportunidad maravillosa, no sabía que es
lo que haría pero sería con todo mi empeño y jamás con desdeño, así que cité a
mi hermano para el día siguiente y nos presentamos en el lugar pactado para
empezar el tratado y luego unirnos a una de las cuadrillas que llevaría la
alegría a distintas familias.
La principal
condición con cada una de las familias era la alimentación de la cuadrilla, dependiendo
de la hora que llegase por la casa tendría que portarse con la ración y no
especular con una imitación. Lo cierto
es que jamás pensé en alimentar el ego de mi estómago o saborear un rico
manjar, me bastaba con llenar o tanquear la mezcladora para seguir con la
jornada, mucho menos si se trataba de humildes familias que habían perdido
parte o toda su casa o peor... un ser querido, me tocó alguna vez
lamentablemente comer de las manos de una madre que había perdido a un hijo y
llevarme a la boca platillos que con dolor se habían concebido. Pero ese no es el asunto principal, si lo es
mi satisfacción que pone en mi mente la imagen de pavos, lechones, pollos, en
sus diferentes presentaciones mas que como meros ornamentos a la vista, a pesar
de ser un carnívoro por excelencia.
El día cumbre ha
llegado y me toca ir a armar mi segundo módulo del día(eran tres por día) al
sector que hoy conocemos como Ramón Castilla o Buenos Aires y sí que eran buenos
porque el día ya pintaba bien, de inmediato nos recibieron con una chicha de
jora a la cual el adjetivo de exquisito le quedó chico, fría, con el dulce justo
y espumante como sólo ella, precisa para las 11 de la mañana y empezar con el
módulo que sería su nueva casa.
Cuando dio las
13:00 horas ya era hora de almorzar y el hambre arreciaba en el estómago, ya el
cerebro se vuelve inválido y transforma al cuerpo en un ser dependiente suyo. A partir de ese momento sentados
en el suelo y apoyados en una pared de adobe que aún quedó en pie todo indicaba
que venía algo genial, con el descanso respectivo y aguardando el potaje de
turno, la sazón nueva que encandilaría el alma, desfiló ante mi un vaso enorme
de chicha de Jora para luego ceder el puesto a una sopa maravillosa con todas
las de ley, llámese hierbas, vainitas, habas, choclo y un queso aparte para
acompañar el delicioso caldo con sus habas, un caldo cholo. No probé en
toda mi vida sopa más sabrosa que aquella, y no sólo era sabrosa, primero fue hermosa. Luego del excelente inicio apareció su
majestad el segundo, un plato de alverjitas verdes que estoy seguro me gradúo
de chef y jamás volveré a ver, probar y mucho menos preparar uno como aquel, la
pinta, el aroma y el sabor se complementaron a la perfección, tendrá que ver que
vino de una cocina de leña y que fue hecho con manos humildes y con todo el
amor del mundo, porque sí.. me trataron con amor porque yo les estaba haciendo
su nueva casa, el remate fue una nectarín verde de 2.5 lts para cada uno, que
por cierto jamás me gustó pero aquel día era la bebida más codiciada. A esas horas, luego de tamaña experiencia y
en estado de shock, el aire moqueguano de aquel momento en ese sector hacen que ahora mismo desee establecer mi ONG constructora de módulos tan sólo por
repetir aquel suceso, no volverá pero sí quedó grabado para la eternidad en mi
memoria.
Así que sólo
puedo decir que el gozo en mi vida me lo han dado los momentos más sencillos,
aquellos que cuestan poco y se goza mucho, aquellos donde los principales
protagonistas son gente como yo, que la sufrió y retoza recordándolo.
A partir de hoy
no voy a caminar con un zapato buscando el pie que le encaje si no, una cuchara
que sonría al sumergirse en una olla y provoque la sensación que me transformó
la forma de ver la comida, así como por Ramón Castilla Buenos Aires, así dice
la 8B.
Dios los bendiga
Seguimos pronto