Al mar hay que respetarlo,
eeeeesta gente no sabe pe, qué va a saber, no han visto una ola de 300 metros,
estas “olitas”, si hasta con eso se asustan. Algo fatigado por la caminata llego a mi
destino; suelto la mochila, la bolsa y lo preparo todo. El cordel, los anzuelos, la araña, la carnada
colgada en la correa ¿y unas ganas de picar algo? Lanzo el cordel con tres anzuelos, y a
esperar nomás. Me han malograo el día
estos norteños que han dejao su línea anclada, son ¡viiiiivos! pe, pa’ que no
lance aquí, si no mi línea se enreda con ese cordel grueso, es que ayer un weón
ha sacao un sargo asisote(gesto con las manos) y eeeestos pe lo han visto, por
eso han anclao su cordel aquí. Pucha no
agarra oe, que voy hacer, los han espantao, ¡aquí no hay nada caraj!, pero ya
estoy acá, mejor lanzo de nuevo. ¡Ya era
hora caraj! Algo ha picao, jala, jala,
jala oe(se dice así mismo) pucha, ta que bien oe, este ta regular nomás y casi
me voy, mira pe, tengo que lanzar al toque nomás; ¡es una caballa!; sí, al toque debo lanzar otro. – al rato − Pucha creo que este estaba de visita
nomás, no pica nada; ¿Quién será ese que viene allá? Debe ser uno de los
norteños que han dejao su hilo, mejor recojo pa no pelearme.
Una sombra lejana mezclada con la brisa gruesa y tupida aparece en el
firmamento de la playa, el candor de la arena la hace flamear y parecer un
espejismo; la franja costera ofrece la sombra de un individuo asomando a los
lejos, una silueta amenazante a la tranquila jornada del cordelero.
Le haré una seña amistosa pa
probarlo y trabajarlo, ¿vas a cordelear? (seña con las manos), de lo que sí
estoy seguro es que no es de los norteños que se han afincado en la playa,
tiene pinta de buena gente, ¡pero si es un muchacho nomás! ¡Hola como estás!,
¿vas a cordelear? – ¡Si! (responde fuerte el visitante) – ¿y has traído carnada? – Solo esto – ¿sólo con ese muymuy?, pero aquí abajito
hay, buscas nomas. Parece nuevo este
pata oe, me digo. ¿A ver qué has
traído?, esa mochila no es de cordelero, eeeeste pata es nuevo oe me digo nuevamente, o qué diablos hará acá. Aguanta,
tienes buen cordel oe, este es de 70, con sacavueltas, puuucha pero ese anzuelo
‘ta malo oe, no es bueno pe, − aquí tengo otros jefe, son más chicos eso
sí, y ya están armados – aaaasu oe, ese
si ta buenazo, eeeeste es tipo español, buen gancho tiene, con esto si pica
hasta sargo; ya, ya, ya, prepáralo y lanza, − Señor, soy novato, novataso y
estoy probando – lo sabía, se notaba(me
digo), ya pe, así vas a lanzar; esssssta araña ta buenaza oe, pesa; yo con
piedra nomás, mientras pese es mejor.
Hazte pa’ tras, más lejitos, más, más.
Giras, giras y giras… y lanzas, ¿ves?, lejos ha entrao, ahora tienes que
tener así el hilo, en el dedo pa’ sentir cuando muerde, al toque jalas pa
engancharlo al desgraciao, luego jalas rapidito, no le des tiempo de
acomodarse. Ya, párate por esa peña y
echa por allá.
Este pata no va a pescar
nada así, además no hay nada… mejor nos vamos pal otro lao, le diré. ¡Oe, aca no hay nada, recoge nomás, no hay
nada, estos pe la han cagao todo, ¿mira ve? No dejan pe, eeeestos lo han
malograo todo con su cordel, siempre ponen así, el weón que ayer sacó el sargo
grandazo lo ha debido guardar calladito, mira allá, esas chozas, ¿ya ves? mira
esas mantas, acá vienen en la noche, no son de acá, son norteños y sólo vienen
a dormir y en la noche también pescan.
El Mar
Al mar hay que respetarlo,
mira como tiene fuerza, con toda esa fuerza ha lavao estos cerros, mira esta
arena son pedazos de roca y conchas que el mar lo ha molido, fueeeerte es pe; tremendas
rocas mira como las ha tumbao, antes el mar estaba hasta aqueeeellos cerros de
allá, hasta Tacna estaba el mar, hasta el Cerro Baúl estaba el mar, ¿conoces el
Cerro Baúl?... yo era chacarero; mi hermano si era pescador y del mar yo no
sabía nada. Mi viejo era pescador de red
pe, eeese viejo si sabía. Hasta que me
vine del tambo pa’ acá y aprendí y ahora lo respeto al mar, mi viejo me contaba
pe que la gente hasta se moría cuando veían las olas de 300 metros, se
asustaban ¡y pa atrás se iban!, ¡de verdad! Eeestas olitas pe, ¿qué son? Y
cuando entran al mar se asustan porque se mueve un poco más, cuando se pica el
mar ¿Cómo sabe que he entrao? Se dicen oe, el mar tiene ojos, ¡haaartos ojos! ¿Mira
ve? Desde adentro te está mirando, sabe pe, sólo le falta hablar, la gente cojuda
no sabe que el mar los mira y que vive, ¡tiene vida! Mira pe cuantos ojos, ven,
ven, acércate pa’ que veas, mira cuántos ojos.
Por eso al mar hay que respetarlo, hay que temerle, siempre hay que
estar viéndolo, no le des la espalda, mira ese weón con su perro, ni lo mira;
se confía este.
¡Señora al mar hay que
respetarlo! −¿Perdón? − Al mar hay que respetarlo, siempre hay que
tener cuidado.
.....
Luego de hacer un par de gestiones en Ilo, tengo
la tarde libre y enrumbo a la playa, verano es verano; reemplazo el peloteo, el
sudor descomunal, la deshidratación, el esfuerzo físico de correr tras una
pelota; por ir a probar mis cordeles, uno de ellos me lo preparó y obsequió mi
amigo Don René, así que ese lo tendré en reserva. Tras dejar el carro en resguardo – espero que
así sea – emprendo la caminata hacia donde la vista no alcanza, donde tu mirada
se pierde o confunde junto al volar de la aves, ¡ahí voy a ir! Dejo atrás a familias,
niños, raquetas, pelotas de todo tamaño, color y sabor, parejas y hasta
tramposos que por ser martes y tener una vasta extensión de playa no habitada, pasean
como si fuesen los intérpretes de La Laguna Azul, soy una tumba, no diré nada. Cuando llego luego de varios minutos de
camino veo a la distancia la silueta de un cordelero al borde de la peña, ojala
no sea hostil o piense lo mismo de mí, y espero sacarle algo de provecho e
información.
Su apariencia estrafalaria me pone dubitativo por
unos segundos, porque ciertamente parece algo loco; pantalón de dril azul de
aquellos que dan en la mina, “lleno de remiendos y ni una puntada”, la pretina
repotenciada por una pretina de jean; una amplia y vigorosa correa que sostiene
algunos pertrechos de cordelero, una casaca cortaviento que no sé qué corta
porque está rasgada; gafas de operador de maquinaria más rayadas que la mesa de
un zapatero; pero su sombrero si me gusta, aunque viejo… me gusta. Me hace una seña con las manos indicándome si
voy a cordelear y le respondo que sí con un movimiento de cabeza, me acerco y
se muestra como si me conociese de toda la vida, me saluda y le respondo con la
misma y más calidez, me comenta de unos norteños que no tienen casa en Ilo y
durante el día se recursean en el puerto, pero dejan gruesas líneas(cordeles)
ancladas o amarradas al cerro con un señuelo de plástico y se pierde en el mar
y que indica que ahí está su hilo y es mejor no pescar; ellos vienen a las 5 de
la tarde y terminan su jornada aquí, sus chozas se ven a la distancia, como
madrigueras hechas de palos viejos, cubiertas con telas parchadas, que les
sirve de tienda de campaña. Me pide que
le muestre lo que traigo y saco el cordel que compré hace un año, uno número
50, pero está piezado en el extremo con uno número 70, muestra respeto y
admiración por el sacavueltas que le instaló mi amigo Don René, pero respeto
como admiración se vienen abajo cuando ve los anzuelos, su escaza calidad lo
hace dudar de mi experiencia y le digo que tengo otros anzuelos para poner; cuando
le muestro los anzuelos, el respeto y admiración se reincorporan de la peña
donde yacían.
Cuando le indico que soy nuevo en esto se muestra
muy llano a darme las pautas necesarias y sí que sabe el viejo, debe tener unos
65 a 70 me digo, me enseña a preparar la araña y cómo lanzar el cordel bien
lejos; a sostener el hilo y esperar que algo pique, cómo jalar el cordel cuando
haya mordido algo, así que listo y presto recibo el cordel ya a la espera de mi
primer pez.
Al cabo de un par de horas me avisa desde unos
metros con señales que no hay nada, que debemos recoger y buscar un nuevo lugar
al otro extremo, así que obedezco y recogemos las cosas. Mientras avanzamos empieza a hablarme del mar,
de los norteños que lo han malogrado todo con sus hilos y que no dejan pescar
nada, que ayer un pata pescó un “sargaso” y tiró pana, lo vieron y se
aseguraron la zona, por eso los cordeles, debió haberlo guardado calladito, le
digo − ¡si pe oe! − me contesta, me comenta de la ola de 300
metros que antes había, que la gente se moría al verla; desde aquí ya tengo la
presunción que el tío está loco. Expresa
una admiración y respeto desmesurado por el mar y sus atributos, por la olas,
por su voz, el cree que tiene vida y hasta que razona; que el mar llegaba hasta
Tacna y Moquegua. Toda la caminata de
retorno es un monólogo, su versiones repetitivas que el mar tiene ojos, y que
se muestran en la espuma; que cada burbuja son los ojos del mar me hacen pensar
cada vez más que lo que yo encontré es un loco del mar, pero me hacen entumecer,
sus versiones, me hacen caminar adormilado sobre la arena y me invade una impresión
apasionante. − Mira ve – dice, los ojos
del mar y me lleva a ver los ojos; la gente piensa que el mar se aquieta cuando
ellos están fuera y que se embravece cuando entran, − ¿cómo sabe cuando entro? dicen ellos – el adormecimiento me
acompaña y hasta empiezo a revisar nuevamente con carácter científico el tema
del mar y sus ojos. ¿Y si de verdad nos contempla?
Porque sí embravece cuando entro me digo; la gente no respeta al mar dice;
fíjate ese hombre contempla a su perro pero le da la espalda al mar, − más weón – me dice, mientras nos acercamos a
una pareja de mediana edad, insiste en la versión del mar y sus ojos; hasta que
me despierta un cañonazo lanzado desde una embarcación para pescar lenguado, y
recuerdo que poco tiempo me queda para hacer mi circuito de ejercicios y volver
para cumplir con mis compromisos. El hombre
le habla a la señora y le dice que debe tener cuidado con el mar, y ahí sí creo
que el hombre está loco; no la conoce y le habla con tanta normalidad y se
atreve a acercarse y darle pautas acerca del mar y sus olas de 300 metros. Yo continúo y me alejo, lo espero a cierta
distancia para agradecer sus consejos y su actitud tan amable que me refundió
en el pensamiento de un loco del mar.
¡Cuál es su nombre señor! Deslizo la pregunta que
debí formular en el inicio, pero lo hago en el epílogo; Eduardo me dice, se
quita los lentes para identificarse como tal y sus ojos celestes y gastados por
la brisa me saludan e impresionan. Yo me
llamo Norben; mucho gusto muchacho,
cambia de anzuelos, pon unos número 12, me dice; espero que lo vuelva a ver,
estaré por la fundición pronto le dije; se aleja haciendo señas de cómo lanzar
correctamente, e indica nuevamente el número 12.
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