♪ Pedro, Juan, Jacobo en el Barco ♪
Pedro, Juan, Jacobo en el Barco
Pedro, Juan, Jacobo en el Barco♫
Allá en el inmenso mar
♪Allá en el inmenso mar♪
…
Sonaba en el recinto de adobe, pequeño como sus albergados. Las paredes no retumbaban, cualquiera debía especular que sí, porque también se aprendía canto y de calidad, entre otras cosas. El coro se repetía en varias oportunidades para no fracasar en el instante en que los pequeños “calichines” se harían frente al jurado, toda la congregación en su conjunto oiría el producto de algunas horas de ensayo y enseñanza, a la maestra no se le podía fallar y menos ofrecer algo impresentable, que daría lugar a que la tristeza coquetee con la noble maestra y con ello desaparecer su sonrisa del angelical rostro.
La Escuela Dominical era un órgano de apoyo que se estableció con el único fin de adoctrinar y formar en los niños que se encontraban distribuidos en varias categorías, el amor a Dios, mediante el conocimiento de La Biblia. La enseñanza iba desde la creación hasta el sacrificio en la cruz y su encargo con nosotros, con su perfecto significado. Toda esta enseñanza debía ser adecuada para que se entienda y llegue a las jóvenes mentes, todo ello tenía que recibirse con alegría y motivación, debía adoptar otro método, otras figuras, toda una gama de variantes que al final tendrían el mismo significado.
Las bancas, un tablón de madera apoyado en dos patas anchas en cada extremo, las piernas colgaban y se balanceaban al ritmo de una alabanza o por la ansiedad de salir frente al jurado, las niñas siempre lucían encantadoras, eran siempre un ramo de flores de todo tipo, color, tamaño y sabor que adornaba aquel pequeño salón que hoy ya no existe. Vestidos rosados en A con bobos por lo general, zapatos blancos de charol, medias a-gogo, la clásica vincha en el cabello que hacía juego con los zapatos o con el vestido; lucían impecables. Todas ellas se la pasaban hablando de cómo vestía y se veía tal o cual hermana joven, las admiraban, lo hacían también con los jóvenes de la iglesia y siempre tenían de qué hablar. Así eran las niñas.
Michael era un muchacho que en aquellos tiempos era mi amigo, a pesar de ser atolondrado, excéntrico, medio loco y perfeccionista, igual; era mi amigo. Su afición por algunas cosas que no eran normales para la mayoría de nosotros lo hacía excéntrico; hablaba con una rapidez increíble, era tan apasionado para exponer hasta su idea más absurda, su parloteo delirante lo hacia medio loco, igual era mi amigo; cuando accedíamos a su pretensión luego de haber oído su absurda propuesta con todo el frenesí de Michael y nosotros con imperturbable atención, esperábamos tener un ápice de autoridad para proponer un cambio de planes, pero la perfección del plan era inalterable, a pesar de todo ello, era mi amigo.
Toda la paciencia que tenía con él, reforzada con valores cristianos se echó a perder luego de sus pretensiones exaltadas para con la más dulce de las niñas, a quien yo no veía mas que como una dulce niña, es inevitable proponer que era guapa, pero para mi eso era todo. No cabían más ideas en mi cabeza, tan sólo: “Que linda es”. Michael emprendió una arrebatada carrera en pos de no sé qué, pero era con ella. Lourdes mostraba que el desagrado puede llevar a la repulsión y el disgusto, pudo fácilmente ganar una demanda por acoso y hostigamiento, con orden de restricción incluida, pero él y su tonto entusiasmo no lo entendían así. La insana persecución y hostigamiento eran repetidas durante cada domingo, debo suponer que cada mañana de domingo cuando la mamá de Lourdes le decía: Prepárate para la iglesia, ella debía imaginar lo que le esperaba, pobre Lourdes. Era lógico el afán de Michael, Lourdes le gustaba y el cerebro le vibraba por ella, vibración que causaba que se le desacomoden los tornillos cada que la veía, así su maniático comportamiento marcaba rojo. Un domingo de escuela dominical, no pude soportar el acoso del que era objeto Lourdes, no por algún sentimiento pasional que podría llevarme a la desgracia, tan sólo por querer acabar con el sufrimiento del cual era objeto la dulce Lourdes y sus zapatitos blancos.
¡Oe Michael, deja de molestarla o te voy a pegar!
Si hubiese sabido que con esa frase sería suficiente para que el cerebro de Michael dejara de vibrar, lo habría hecho hace mucho tiempo. No se si Lourdes quedó agradecida, pero si sé que quedó feliz de venir cada domingo y no encontrarse con un pretendiente maniático. Si la obsesión surgía nuevamente, habría alguien que le hiciera frente.
Pepi
La frescura y descaro siempre persiguieron a Pepino, a donde iba sembraba antipatía, lo cierto es que Pepi era un descarado, no por malicia, si por inocencia más que por ignorancia. Sus constantes coqueteos con la provocación y la fricción con sus compañeritos lo hacían un bribón, pero Pepi no lo era, y la verdad es que no entendía algunos estados como incomodidad y fastidio.
Pasaron años y Pepi creció como todos, se hizo hombre y dejó de ser incómodo, ahora si podía yo interpretar su inocencia, algunas cosas no las entendía, como en aquel tiempo. Hasta hoy tiene su sonrisa pícara como quien sabe lo que dice o hace, pero en realidad no. Se forjó en un camino difícil por la constante desventura que aquejaba la salud de su padre, así que sólo se construyó y cultivó.
La antipatía lo dejó; lo que sí lo persiguió como a todos nosotros es la fe en nuestro Dios, gracias a lo sembrado en aquel tiempo por maestras como aquella, Pepi pudo hacer frente al deceso de su padre y seguir para adelante, pasando constantemente el trago amargo que significa la pérdida de un padre, pero sabiendo de la promesa que nuestro Señor nos dejó. La esperanza en Él.
Dios los bendiga amigos
Seguimos pronto