Pepino de chico te pellizcaba, no
le hacías nada y quien fuese que estuviese a su lado se ganaba con sus
pellizcos que más allá del dolor, enojaban.
Le sudaban las manos y con mano aguada te agarraba del brazo, su mama le
ponía un sombrero de lona y ala ancha con tira ajustable en el cuello porque
Pepino los perdía, el sol era dañino y Pepino no se lo quitaba ni para dormir,
si estabas a su lado te rozaba constantemente con el ala del sombrero por la
frente o la oreja, si le decías algo al respecto sólo reía, su risa parecía
burlona, lo que mostraba su poca sangre en la cara y el desparpajo ante la
crítica.
En las clases de Escuela
Dominical convergíamos niños de varias escalas sociales y costumbres, entre
ellos Pepino o Pepi como lo llamaba su mamá, estaba el hijito de mamá, el
callao que no respondía nunca nada, las niñas
que en su conjunto ya se veían señoritas, el tipo liso y contestón, había uno
malcriao que poco duró, y lógicamente el
guerrero que siempre tuvo la misma actitud, reflexivo y pensante. Todos asistíamos motivados por algún familiar
que de muy buena gana incentivaba o condicionaba nuestra asistencia a la
Escuela Dominical, después de todo; en la escuela dominical se premiaba la
asistencia, al final claro está; luego de enseñar y reforzar todo aquel valor
fundamental para un excelente desarrollo de los niños, niños que amaban a Dios. No es exagerado, realmente fue fundamental.
Al callao lo veo a veces y no sé si me recuerda, yo si porque me hice amigo del callao, mi padre me enseñó a defender al desvalido o poco querido, la técnica me la inventé y me ligó muy bien, el chino y yo fuimos bien patas, hasta llegamos a jugar pelota varias veces, en la cancha ya no era el callao, menos mudo o peor, era un guerrero como yo y por eso fuimos amigos un buen tiempo, pero como pocas amistades de niñez perduran para siempre, llegó el momento de su partida de la congregación y de mi clase. Tuve que conformarme y seguir compartiendo cosas con el engreído al que le fascinaba entrarle a las actividades que yo hacía, me invitaba a su casa con frecuencia para participar de su jolgorio, sus juguetes, y cierto es que despojándome de mi afán desdeñoso; sus juguetes si me vacilaban, seguro asistía a su casa por presión de mi madre para así dejar de enterrarme en la calle antigua corriendo tras una pelota de trapo, además; evitar el aprender las vulgaridades e improperios de mis “vecinitos”. Nunca encajé con sus pares, nunca me agradaron las palabras ni su juego, todos eran como él, ahora; lo siguen siendo, trago y aguanto la sonrisa cuando hoy los veo, el mismo de siempre me digo.
El contestón era un morenito que no entendía el significado de la palabra “cállate”, esta interjección era la penúltima instancia para tomar una medida más precisa y disciplinaria, para poder desarrollar una clase más, se trataba de llenar su base de datos con palabras que signifiquen: “por favor presta atención que te van a pegar”, yo quedaba absorto cuando veía todo salir por la otra oreja, en mi manual; si no estaba mi madre, estaba el maestro y eso es todo. La última instancia ocurrió un día en que la maestra de Escuela Dominical que destilaba miel cada vez que hablaba, me arrullaba cuando nos enseñaba una canción, peor si me miraba, cada vez que me llevaba de aquí para allá, yo no obedecía, yo le pertenecía; aquel día al parecer vino dispuesta a no aguantarle más niñerías a este morenito, tuvo que irse para afuera de la clase, pequeño recinto de adobe, desde donde lo veíamos con cara de tonto, presumo que así se sintió, porque nunca más lo volví a ver en las clases dominicales con esa misma actitud. Aquella oportunidad entendí que la maestra era perfecta.
El tipo malcriao, definición perfecta para él… malcriao, inmediatamente enlazo ese momento recordando a Carlos Argentino o Nelson Pinedo que sonaban en el micro de "calamina" antes de subir a casa. A Elard lo recuerdo a la perfección, fenómeno extraño al no recordar a otros tan igual como lo recuerdo a él, era de tez pálida con ojos algo hundidos y por alguna extraña razón tenía unas ojeras impropias de un niño, delgado y fibroso con peinado de James Dean (Jackie Chun, para aquellos que no dan con James Dean) y piernas chuecas. Elard se ufanaba de ser Bruce Lee y lo hacía en todas partes, yo había entendido que algunas cosas no podía mezclar cuando estuviese en la Escuela Dominical, debía olvidar la calle y algunas palabrillas, me lo dijeron y la paré en primera. Tal vez yo no toleraba que otros no lo entendiesen, y menos que sean Bruce Lee, porque ¡Yooo! era Bruce Lee, afianzaba su antipatía el hecho que yo no supiese algunos trucos de Bruce Lee como si los sabía él, obviamente además de ser mal educado y no hacerle caso a la dulce maestra, de quien hasta hoy puedo decir que en su significado literal era un pan de Dios. Así que ese último delito no se lo perdoné jamás, ¡de inmediato!... un tanto reflexivo, pensante y guerrero esperé que el maná de los israelitas en el desierto saliera de clase y nos dejara solos a todos… de pronto la mesa estaba servida, me puse de pie y le estampé un rico puñetazo en el rostro a Bruce Lee, así que a Operación Dragón sólo le quedó llorar y sobarse, este gesto pugilístico generó en mi un estado de éxtasis momentáneo, que ni la maestra con su mirada podría ocasionarlo. El hecho no lo supo nadie más que los pequeños alumnos de escuela dominical, los mismos que jamás cometieron infidencia, seguramente con los chicos compartía también el sentimiento por nuestra maestra, las niñas no lo sé, hasta hoy es un secreto, supongo que ya debió prescribir.
La sonora matancera que sonaba en el micro estimulaba mi hambre y también llegar en un segundo a casa para decirle a mi viejo, estaba plenamente convencido que me felicitaría. Ya en casa almorzamos y esperé el momento adecuado; domingo, media tarde, antes del peloteo en la calle:
Papá en la Iglesia le metí un cuete al pata que se cree Bruce Lee
Estaba que molestaba en la clase y me sacó pica
¿Así? No digas… a ver dime como le diste?
No sé, de pronto la maestra se fue y dije ahora quien te salva…
Me paré y fui y le di su cuete, se quedó llorado el pata, de ahí me dio pena…
Ya te dije tu no eres Bruce Lee, tu eres Charles Bronson,
Ya te dije tu no eres Bruce Lee, tu eres Charles Bronson,
Suspiró profundo y... Ta bien hijo, pero no vuelvas a hacer eso porque le van a decir a tu mamá…
Y qué hacemos. Ya ve a jugar.
Las niñas y Pepi quedan pendientes.
Dios los bendiga y seguimos pronto.
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