Cualquiera que lea este post diría: ¿Quién podría maltratar a un niño?. Lógicamente
que ninguno pensaría en hacerlo con el suyo o con algún otro, menos no con
premeditación, alevosía y ventaja.
El profesor Abel ahora es un entrañable anciano, quien producto del paso de
los años presumo ha decaído en su salud, tal vez presenta alguna patología por
la cual debe tratarse a menudo, se le ve vulnerable, pero su energía y vitalidad intactas.
Yo lo recuerdo así, como el profesor Abel; su carácter no dejaba lugar a dudas,
su disposición para el castigo estaba perfectamente lubricada, casi con la perfección
de un carro del año. No recuerdo sus
clases, no recuerdo sus palabras, no hay en mi memoria enseñanza verbal o
escrita, es mas; no creo recordar el tomar apuntes en alguna clase suya y si no recuerdo ninguna de estas actividades
mucho más que normales durante el colegio, mucho menos recuerdo alguna sonrisa con nosotros, si con sus
colegas, a quienes por cierto envidiaba cada que en su rostro se iluminaba una
sonrisa o una carcajada, - ¿Qué debo hacer para hacerlo reír así?. Es muy cierto que algunas veces lo pensé porque
en su extrema rigidez o disciplina admiraba al pelao. Todo lo que recuerdo
del entrañable profesor Abel es su ceño fruncido, el posterior grito y la
correa de tres pulgadas y gruesa como ya no existe, alguna vez se regó el mito
que en la peor circunstancia para el alumno te daba con la hebilla, si la correa
era de temer la hebilla era para adorar, el brillo de la misma al pasar cegaba
como luz solar, como para inclinarse ante tanto poder, digno de reverenciar. Estas palabras sólo uso para ensalzar o
solemnizar el momento en que se oía el sonido del cuero deslizándose por la
pretina del pantalón de dril que usaba con bolsillos tipo jean e incrustaciones
de broches, no sé si por copión o por intimidación, si fuese por la última lo
lograba.
Más de una vez me gané con tamaño castigo, una que recuerdo con claridad es
en el salón bañado por la luz del sol con amplias ventanas, paredes de adobe
que le daban una tremenda calidez a mi segundo hogar, pero la calidez se perdió
el día que llevé el álbum de Mazinger Z de mi hermano David al colegio para panear, porque estaba lleno y lo había
prometido. El plan había funcionado a la
perfección la atención estaba generalizada en mí y mi álbum, jamás me mostré
como patán o engreído, todos tuvieron acceso a él. Todos menos uno: El Pancho.
Pancho era el brigadier del salón, el ejemplo a seguir, el que no fallaba
nunca en el examen, el Sheldon de la Serie, así que como adolescente exitoso y
engreído, no pudo soportar la atención en un pobre diablo como yo y su álbum de
figuritas de Editorial Navarrete –
siempre fui un estudiante de media tabla que sólo se esmeraba ante la presión o
la demanda – El buen Pancho no tuvo otra
salida que arranchar el álbum de
nuestras manos y llevarlo a las manos de otro cancerbero: El profesor Abel,
mientras Pancho recorría el estrecho pasillo que separaba cada mesa, pasaron
por mi imaginación millones de posibilidades para evitar que salga de la
calidez de mi salón que ya empezaba a ser fría.
- Matarlo y darle sus restos a los perros del colegio.
- Matarlo y tirarlo a la pista mientras un Boliviano le pasaba por encima.
- Matarlo y echar sus restos al canal que pasaba tras de su casa.
- Aceptar lo que se venía.
Esta última acabó con todas la locuras que se sugirieron por mi subconsciente para mi oscuro
futuro inmediato, no me quedó otra que empezar a hacer mis
oraciones por dentro y mostrar la despreocupación briosa digna de mi edad y mi
temperamento de aquel entonces.
Cuando la puerta de madera de doble hoja se abrió con Pancho y el Profesor
Abel en ese exacto orden supe que mi fin había llegado, Pancho no sabía que
había ganado su muerte, velorio con capilla ardiente y todo, además de su
entierro, Pancho sería un muerto en vida y para toda nuestra carrera
escolar. Pero toda aquella profecía pasó
como un cometa fugaz por mi mente, lo que si se estacionó fue el miedo y
pánico, pronto oía el cuero deslizándose por la pretina del pantalón de dril
que usaba con bolsillos tipo jean e incrustaciones de broches. La ejecución de la pena no fue breve porque
su sermón previo escarnecieron cada órgano y cavidad en mi cuerpo, luego de
homenajear la deidad de su castigo y carácter por al menos unos larguísimos
minutos, oí el cuero deslizándose por la pretina del pantalón de dril que usaba
con bolsillos tipo jean e incrustaciones de broches, tomó con su mano izquierda
mi brazo izquierdo para dar con correa en mano derecha rienda suelta a su
pasión para castigar, su entrega para generar dolor en el niño; fueron tres
azotes que la verdad es que dolían tanto que no podría usar la metáfora para
exponer el dolor, pero como me enseñaron que los hombrecitos no lloran me
tragué el nudo y el llanto, y silencioso caminé hacia mi silla, además de
pausarlo como haciendo tiempo mientras el dolor pasara, porque exactamente esa
zona es la que tendría que apoyar al sentarme, lo siento no puedo explicarlo.
La muerte de Pancho quedó pendiente para las siguientes horas, días, vacaciones
útiles y siguientes años. El se lo ganó,
porque luego de tremendo castigo hubo tiempo para la siguiente travesura con
otros dos y el fiel a su convicción llamó nuevamente al buen Abel quien ni
corto ni perezoso le sacaba brillo al cuero de su correa. Volvió con más ganas que la última vez, llamó
a los tres malhechores y sin sermón ni miramientos nos dio cuatro a cada uno, ambos
terminaron llorando en el segundo y cuarto correazo como si esperaran batir un
record, cuando me tocó jamás lloré aguanté como los hombrecitos y quedé como
reincidente, además de ganar el respeto de algunos cuantos, ya que los otros
dos malhechores eran gente de respeto en la primaria y terminaron llorando, yo
supongo que el dolor era menor al generado en el alma de los caudillos
escolares, porque habíamos sido vejados y humillados públicamente, nuestro
dolor y muestras de temor habían sido expuestos ante toda una platea de invitados
obligados.
Al entrañable profesor Abel puedo verlo con cierta frecuencia y cada que lo
veo recuerdo el cuero deslizándose por la pretina del pantalón de dril que
usaba con bolsillos tipo jean e incrustaciones de broches y de manera fugaz idolatro
aquellos momentos, porque hoy nadie podría hacer eso, así el estudiante merezca
cadena perpetua, hoy se quiere quitar todo tipo de motivación para que el
estudiante mejore y deje actitudes negativas.
Los tiempos son otros y con ellos vinieron herramientas muy útiles para
dejar métodos arcaicos, pero alguno de estos últimos siguen siendo útiles y muy
necesarios, obligatoriamente necesarios.
Tanto admiré y respeté al pelao
que hasta hoy busco una correa con pretina ancha, debe ser la influencia del pelao en mi niñez. Por cierto, ¿cómo lo hago reir? Esta pregunta
tuvo su respuesta el día del niño de algún año donde oscilaba los 10 años de
edad. Concurso de dibujo y pintura a la
que me presenté con un caimán realizado al carboncillo, precioso y artístico,
pero olvidé la alusión al día del niño, así que no me quedó otra: ¡¡Norben!! ¿Dónde está lo alusivo al día del
niño? .. Adentro del caimán profesor.
Así me gané la sonrisa del mounstruoso Abel y su correa.
Dios los bendiga
Seguimos pronto
Claro está, que no debe existir ningun tipo de maltrato físico ni mental y menos a los niños, pero algo contradictorio cruza por mi mente al ver ahora, que los niños reclaman por sus derechos, y creen y siente que nadie los puede tocar, ni decir nada, que si levantas la voz o les llamas la atención, es maltrato psicologico, que si los castigas, es humillación publica, que estas destruyendo su personalidad, pero yo veo que estos niños de ahora, no entienden que existe el respeto, que debes aprender de los mayores, que debes tener una guia, que muchas veces te excedes y te equivocas, cuando leía lineas arriba cuando recibias aquel castigo, recuerdo en mi infancia en el colegio cuando tenia 10 años mas o menos, recibi un reglaso de madera por haber llegado tarde, mi orgullo no me permitio llorar, ya que no queria que viera mi debilidad, a pesar de ser una niña, pero ese reglaso me eseño a no llegar tarde, a respetar a los demas que toman en serio la puntualidad, a ser responsable, no estoy deacuerdo con el maltrato a los niños, pero tampoco se puede dar tanta libertad, los niños son los el futuro de esta vida, que clase de hombres seran en el futuro, si no entienden de los limites y respeto hacia los demas -.- Ojos lindos
ResponderEliminarOjos lindos, si de verdad los tienes, ¿cómo agarrarte a reglasos? Saludos.
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